info@elacabose.net • Guillermo López Lacomba 

 

 

                                                                                                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ACABÓSE   

 Publicación periódica

con gacetilla literaria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS NUEVE MONSTRUOS


 

 

I, desgraciadamente,


 

el dolor crece en el mundo a cada rato,

 

crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,

 

y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces

 

y la condición del martirio, carnívora voraz,

 

es el dolor dos veces

 

y la función de la yerba purísima, el dolor

 

dos veces

 

y el bien de sér, dolernos doblemente.

 

 

 

Jamás, hombres humanos,


 

hubo tánto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,

 

en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!

 

Jamás tánto cariño doloroso,

 

jamás tan cerca arremetió lo lejos,

 

jamás el fuego nunca

 

jugó mejor su rol de frío muerto!

 

Jamás, señor ministro de salud, fue la salud

 

más mortal

 

y la migraña extrajo tánta frente de la frente!

 

Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,

 

el corazón, en su cajón, dolor,

 

la lagartija, en su cajón, dolor.

 

crece la desdicha, hermanos hombres,

 

más pronto que la máquina, a diez máquinas,


y crece con la res de Rousseau, con nuestras barbas;

 

crece el mal por razones que ignoramos

 

y es una inundación con propios líquidos,

 

con propio barro y propia nube sólida

 

 

Invierte el sufrimiento posiciones, da función

 

en que el humor acuoso es vertical

 

al pavimento,

 

el ojo es visto y esta oreja oída,

 

y esta oreja da nueve campanadas a la hora

 

del rayo, y nueve carcajadas

 

a la hora del trigo, y nueve sones henbra

 

a la hora del llanto, y nueve cánticos

 

a la hora del hambre y nueve truenos

 

y nueve látigos, menos un grito.

 


El dolor nos agarra, hermanos hombres,

 

por detrás de perfíl,

 

y nos aloca en los cinemas,

 

nos clava en los gramófonos,

 

nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente

 

a nuestros boletos, a nuestras cartas;

 

y es muy grave sufrir, puede uno orar…

 

Pues de resultas

 

del dolor, hay algunos

 

que nacen, otros crecen, otros mueren,

 

y otros que nacen y no mueren, otros

 

que sin haber nacido, mueren, y otros

 

que no nacen ni mueren (son los más)

 

Y también de resultas

 

del sufrimiento, estoy triste

 

hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,

 

de ver al pan, crucificado, al nabo,

 

ensangrentado,

 

llorando, a la cebolla,

 

al cereal, en general, harina,

 

a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,

 

al vino, un ecce-homo,

 

tan pálida a la nieve, al sol tan andio!

 

¡Cómo, hermanos humanos,

 

no deciros que ya no puedo y

 

ya no puedo con tánto cajón,

 

tánto minuto, tánta

 

 

lagartija y tánta

 

inversión, tanto lejos y tánta sed de sed!

 

Señor Ministro de Salud; ¿qué hacer

 

Ah! desgraciadamente, hombres humanos,

 

hay, hermanos, muchísimo que hacer.

 

 

 

 

 

 

 

 


HIMNO A LOS VOLUNTARIOS DE LA REPUBLICA

 

 

 

Voluntario de España,  miliciano


 

de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón,

 

cuando marcha a matar con su agonía

 

mundial, no sé verdaderamente

 

qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo,  aplaudo,

 

lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo

 

a mi pecho que acabe, al que bien, que venga,

 

y quiero desgraciarme;

 

descúbrome la frente impersonal hasta tocar

 

el vaso de la sangre, me detengo,

 

detienen mi tamaño esas famosas caídas de arquitecto

 

con las que se honra el animal que me honra;

 

refluyen mis instintos a sus sogas,

 

humea ante mi tumba la alegría

 

y, otra vez, sin saber qué hacer, sin nada, déjame,

 

desde mi piedra en blanco, déjame,

 

solo,

 

cuadrumano, más acá, mucho más lejos,

 

al no caber entre mis manos tu largo rato extático,

 

quiebro con tu rapidez de doble filo

 

mi pequeñez en traje de grandeza!

 

Un día diurno, claro, atento, fértil

 

¡oh bienio, el de los lóbregos semestres suplicantes,

 

por el que iba la pólvora mordiéndose los codos!

 

¡oh dura pena y más duros pedernales!

 

!oh frenos los tascados por el pueblo!

 

Un día prendió el pueblo su fósforo cautivo, oró de cólera

 

y soberanamente pleno, circular,

 

cerró su natalicio con manos electivas;

 

arrastraban candado ya los déspotas

 

y en el candado, sus bacterias muertas...

 

¿Batallas? ¡No! Pasiones. Y pasiones precedidas

 

de dolores con rejas de esperanzas,

 

de dolores de pueblos con esperanzas de hombres!

 

¡Muerte y pasión de paz, las populares!

 

¡Muerte y pasión guerreras entre olivos, entendámosnos!

 

Tal en tu aliento cambian de agujas atmosféricas los

                                                                       vientos
y de llave las tumbas en tu pecho,

 

tu frontal elevándose a primera potencia de martirio.

 

El mundo exclama: "¡Cosas de españoles!" Y es verdad. 

                                                               Consideremos,

durante una balanza, a quema ropa,

 

a Calderon, dormido sobre la cola de un anfibio muerto

 

o a Cervantes, diciendo: "Mi reino es de este mundo, pero
también del otro": ¡punta y filo en dos papeles!

 

Contemplemos a Goya, de hinojos y rezando

                                            ante  un espejo, 

 

a Coll, el paladín en cuyo asalto cartesiano

 

tuvo un sudor de nube el paso llano

 

o a Quevedo, ese abuelo instantáneo de los dinamiteros

 

o a Cajal, devorado por su pequeño infinito, o todavía

 

a Teresa, mujer que muere porque no muere

 

o a Lina Odena, en pugna en más de un punto con Teresa...

 

(Todo acto o voz genial viene del pueblo

 

y va hacia él, de frente o transmitidos

 

por incesantes briznas, por el humo rosado

 

de amargas contraseñas sin fortuna)

 

Así tu criatura, miliciano, así tu exangüe criatura,

 

agitada por una piedra inmóvil,

 

se sacrifica, apártase,

 

decae para arriba y por su llama incombustible sube,

 

sube hasta los débiles,

 

distribuyendo españas a los toros,

 

toros a las palomas...

 

Proletario que mueres de universo, ¡en qué frenética

armonía

 

acabará tu grandeza, tu miseria, tu vorágine impelente,

 

tu violencia metódica, tu caos teórico y práctico, tu gana

 

dantesca, españolísima, de amar, aunque sea a traición, 

 

a tu enemigo!

 

¡Liberador ceñido de grilletes,

 

sin cuyo esfuerzo hasta hoy continuaría sin asas la

 

extensión,

 

vagarían acéfalos los clavos,

 

antiguo, lento, colorado, el día,

 

nuestros amados cascos, insepultos!

 

¡Campesino caído con tu verde follaje por el hombre,

 

con la inflexión social de tu meñique,

 

con tu buey que se queda, con tu física,

 

también con tu palabra atada a un palo

 

y tu cielo arrendado

 

y con la arcilla inserta en tu cansancio

 

y la que estaba en tu uña, caminando!

 

¡Constructores

 

agrícolas, civiles y guerreros,

 

de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito

 

que vosotros haríais la luz, entornando

 

con la muerte vuestros ojos;

 

que, a la caída cruel de vuestras bocas,

 

vendrá en siete bandejas la abundancia, todo

 

en el mundo será de oro súbito

 

y el oro,

 

fabulosos mendigos de vuestra propia secreción de

 

sangre,

 

y el oro mismo será entonces de oro!

 

¡Se amarán todos los hombres

 

y comerán tomados de las puntas de vuestros pañuelos

tristes

 

y beberan en nombre

 

de vuestras gargantas infaustas!

 

Descansarán andando al pie de esta carrera,

 

sollozarán pensando en vuestras órbitas, venturosos

 

serán y al son

 

de vuestro atroz retorno, florecido, innato,

 

ajustarán mañana sus quehaceres, sus figuras soñadas y

cantadas!

 

¡Unos mismos zapatos irán bien al que asciende

 

sin vías a su cuerpo

 

y al que baja hasta la forma de su alma!

 

¡Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos andarán!

¡Verán, ya de regreso, los ciegos

 

y palpitando escucharán los sordos!

 

¡Sabrán los ignorantes, ignorarán los sabios!

 

¡Serán dados los besos que no pudisteis dar!

 

¡Sólo la muerte morirá! ¡La hormiga

 

traerá pedacitos de pan al elefante encadenado

 

a su brutal delicadeza; volverán

 

los niños abortados a nacer perfectos, espaciales

 

y trabajarán todos los hombres,

 

engendrarán todos los hombres,

 

comprenderán todos los hombres!

 

¡Obrero, salvador, redentor nuestro

 

perdódanos, hermano nuestras deudas! Como dice un

 

tambor al redoblar en sus adagios:

 

qué jamás tan efímero tus espaldas!

 

qué siempre tan cambiante, tu perfil!,


                

¡Voluntario italiano, entre cuyos animales de batalla

 

un león abisinio va cojeando!

 

¡Voluntario soviético, marchando a la cabeza de tu pecho universal!

 

¡Voluntarios del sur, del norte, del oriente

 

y tú, el occidental, cerrando el canto fúnebre del alba!

 

¡Soldado conocido, cuyo nombre

 

desfila en el sonido de un abrazo!

 

¡Combatiente que la tierra criara, armándote

 

de polvo,

 

calzándote de imanes positivos,

 

vigentes tus creencias personales,

 

distinto de carácter, íntima tu férula,

 

el cutis inmediato,

 

andándote tu idioma por los hombros

 

y el alma coronada de guijarros!

 

¡Voluntario fajado de tu zona fría,

 

templada o tórrida,

 

héroes a la redonda,

 

víctima en columna de vencedores:

 

en España, en Madrid, están llamando

 

a matar, voluntarios de la vida!

 

¡Porque en España matan, otros matan

 

al niño, a su juguete que se para,

 

a la madre Rosenda esplendorosa,

 

al viejo Adán que hablaba en alta voz con su caballo

 

y al perro que dormía en la escalera.

 

Matan al libro, tiran a sus verbos auxiliares,

 

a su indefensa página primera!

 

Matan el caso exacto de la estatua,

 

al sabio, a su bastón, a su colega,

 

al barbero de al lado -me cortó posiblemente,

 

pero buen hombre y, luego, infortunado;

 

al mendigo que ayer cantaba enfrente,

 

a la enfermera que hoy pasó llorando,

 

al sacerdote a cuestas con la altura tenaz de sus

 

rodillas...

 

¡Voluntarios,

 

por la vida, por los buenos, matad

 

a la muerte, matad a los malos!

 

¡Hacedlo por la libertad de todos,

 

del explotado, del explotador,

 

por la paz indolora -la sospecho

 

cuando duermo al pie de mi frente

 

y más cuando circulo dando voces-

 

y hacedlo, voy diciendo,

 

por el analfabeto a quien escribo,

 

por el genio descalzo y su cordero,

 

por los camaradas caídos,

 

sus cenizas abrazadas al cadáver de un camino!

 

Para que vosotros,

voluntarios de España y del mundo, vinierais,

 

soñé que era yo bueno, y era para ver

 

vuestra sangre, voluntarios...

 

De esto hace mucho pecho, muchas ansias,

 

muchos camellos en edad de orar.

 

Marcha hoy de vuestra parte el bien ardiendo,

 

os siguen con cariño los reptiles de pestaña inmanente

y, a dos pasos, a uno,

 

la dirección del agua que corre a ver su límite antes que arda.

 

                          

 

 

 

 

 

 

 

                  

              

 

 

 

 

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