info@elacabose.net • Guillermo López Lacomba 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ACABÓSE   

 Publicación periódica

con gacetilla literaria

 

 

                              

 

  

      

 

 

 

 

 Los Oráculos 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Extranjero

 

 

Me llaman extranjero

 

y desconocen mi lengua.

 

 

 

En las calles de Edjelé

 

y en los zocos miserables de Kasãr,

 

con ruidos, pesos, medidas...

 

 

 

Apostados en las esquinas, murmuran:

 

¡Tanto silencio no es bueno!

 

¡Seguramente oculta algo!...

 

 

 

Y son razonables y justos,

 

y sus palabras tienen

 

sabiduría de siglos.

 

 

 

Contemplan mi silencio,

 

contemplo sus costumbres.

 

 

 

En los zocos de Edjelé

 

y en las calles miserables de Kasãr.

 

 

 

Y me llaman extranjero,

 

y desconocen mi lengua...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El ara

 

Acechando a las aves,

 

al amanecer el alba.

 

 

Por si a los dioses plugieran

 

tórtolas enamoradas.

 

 

Por si fuera preciso,

 

ya el ara prendida,

 

el lecho de olivos y los signos cabales...                  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De cábalas

 

 

De cábalas y mármol son tus venas, tu vientre.

 

 

Rendido,

 

como una bestia laxa sobre el heno,

 

dormitas. Cansado,

 

los párpados carmines te delatan.

 

 

¡Depredador de aves!

 

¡Embaucador de sombras!

 

¡Equívoco hacedor de fábulas y cantos!

 

 

Exacta el alba

 

al gallo enamorado del albor,

 

¡exacta la ballesta de tu ira!

 

 

De cábalas y mármol son tus venas, tu vientre...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Clepsidra

                                     

 Más allá de la ira,

 

mas allá del amor,

 

el tacto de tu frente arruga el aire.

 

 

 

Como la mar, en tus ojos

 

se riza ya el azul...

 

 

 

Clepsidra de légamo y papel.

 

 

En cárcel de cristal se cansa el tiempo...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los nombres

                                     

 

 Y bien pudiera ser

 

que tras esta larga noche inacabable,

 

nada hubiera.

 

Detrás

 

de estas sombras imprecisas,

 

de este fuego, de estas ascuas,

 

de esta luna

 

y estos astros encendidos,

 

nada,

 

más allá de los nombres...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La hetaira

 

 

Y aguardas, de nuevo, su llamada, su señal,

 

los días faustos, los augurios favorables.

 

(Oh esa dulce hetaira! (Esa hermosa mujer

 

de negrísimos cabellos venida de Ecbatana!

 

 

Y cierras como un saurio

 

tus ojos de cristales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ishtar


 

 

Con densas lianas de saliva

 

y vientres tumultuosos

 

pudiera comunicarse...

 

 

 

Con pasos presurosos

 

bajar de su morada.

 

 

 

Pudiera,

 

¡oh dulce Ishtar!

 

Por trazados caminos, allá donde los hombres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Minotauro

                                              

 ¿En qué mares?

 

¿Qué ciénagas? ¿Qué islas?

 

¿Por qué dédalo confuso tu memoria?...

 

 

 

Dulces ofrendas eran, en verdad, aquellas vírgenes,

 

aquellos lomos blancos donde pacer los belfos,

 

aquel fiero desmayo creciéndose a las espigas,

 

(conforme tu vigor a tu voraz espera...)

 

Y no cábalas, mitos,

 

y no fútiles historias:

 

la mar, apenas comprendida en los relatos,

 

en blandas oleadas al tacto de sus vientres.

 

Unido por el vientre,

 

humanamente humano

 

¡qué mares!

 

¡Qué ciénagas!

 

¡Qué islas!

 

¡Qué vertiginosos ayes evoca tu memoria!             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Cancerbero

 

¡Cancerbero feroz

 

de triples ojos fieros y triple dentellada,

 

de triple yugular y triples fauces abiertas,

 

de triple llaga roja y triples belfos heridos!

 

¡Oh húmeros inciertos!

 

¡Oh huesos desleales!

 

¡Oh cumbia de vértebras en pánica fuga!

 

¡Refluye! ¡Brinca! ¡Gime! ¡Rota!

 

¡Azuza! ¡Esparce

 

 las cenizas!

 

¡Horada las tinieblas! ¡Escarba

 

duro el pecho, el vacuo

 

vientre inane!

 

¡Cancerbero voraz! ¡Feroz cerbero!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Moloch

 

Eran las largas noches,

 

la entrelargas penumbras, la herida

 

que ya bosteza tedio,           

 

y Moloch,                    

 

el ojo viejo triste de Moloch, y ya

 

para tantos y tan largos años de tristeza,

 

y ya para tantas imposibles alternativas.

 

Y Moloch, el viejo loco de Moloch que exige la diaria sinecura:

 

porque Moloch ya es viejo y le es dulce la sangre del hombre,

 

porque Moloch ha enloquecido,

 

y le es dulce la sangre que espesa en su vientre,

 

más dulce que el seno de nieve y el lecho de Ishtar,

 

más dulce que Tanit la sangre a los dioses caducos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tiresias


 

                                          

 Y a sus cuencas llegaban en potentes latidos las aves...

 

 

Desde Nínive, Menfis, Megara, Persépolis, Luxor,

 

a Tiresias de Cadmo creyéndolo bueno

 

para albergar largos años sus tiernas inmundicias.

 

 

Buey triste... :

 

¡todas las brisas ciegas te poseen!

 

¡Todas las sombras ciegas te cabalgan!.

 

 

Los mediodías doran

 

tu vieja condición de pergamino.

 

    

 

Anciano, ya te cansaste

 

de tanta entraña en flor y sexo en vilo.

 

 

De esa laxa acritud, blanda barrera para el vuelo,

 

y eréctil potestad que en la caída

 

multiplica hasta el absurdo, innumerables, tus arenas.

 

 

De ese gong histérico, clamor inútil que restalla

 

desde el pulso febril de los eunucos

 

anunciándonos la hora de nadie y para nadie

 

 

 (Pacientemente,

 

buscas un número propicio a tu cansancio)

 

 

 

 Y el monótono augurio:

 

las mismas hojas, las mismas lluvias,

 

los mismos mares eternos.

 

 

 

¡El mismo consuelo de las aves...!

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

Los oráculos

 

 

¡Oh tristes de tanto evocar los tiempos perdidos!

 

¡Cegasteis en vano!

 

En vano la túnica gris, aroma de herrumbre,

 

todas las bárbaras luchas nunca presentadas,

 

e incluso las dulces rendidas.   

 

En vano...

 

¡Algún bufón del Olimpo, creyéndoos en vida, os quitó las mortajas!

 

Y el oráculo recita su adagio en lenta cantiña:

 

¡las tierras, las aguas, los astros!

 

¡Los oscuros y distantes universos!

 

¡Todos los viejos nombres sabidos desde siempre!...     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                

                                                                                                                

Sirenas

 

Y, libre, enhiesto, erguido junto al mástil.                

 

No con trabas ni groseras ataduras,

 

no sujeto a los palos de mi nave con hilos

 

torcidos e invisibles, resistiré en calma. Firme

 

mi voluntad, crecido en el ardid y el infortunio,      

 

oiré, sin enloquecer, cantar sus voces.

 

Y si, errados mis sentidos, viniere a abandonar

 

la segura cubierta de mi barco, si, confuso,

 

me arrojara tras el alma por la borda.

 

Si ésta es vuestra amarga condición. Si voraces,

 

vuestro canto tan dulce es un señuelo.

 

Si con dientes diminutos contempláis

 

mi vientre henchido, la caja de Pandora

 

de mi pecho, mi cansado corazón

 

dorado como un fruto en el otoño.

 

Si a la postre todo es canto de sirenas

 

al cabo, ¡qué más da!

 

 

 

¡Amor o festín!

 

çEnamorado. Enamorado...   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sísifo

 

 

 

Y raptado por Hermes, devuelto a los infiernos,

 

fundido a la piedra con amorosos brazos,

 

divisas, allá distante, allá donde las nubes,

 

allá donde de las nieves, la cima donde expiran

 

tus esfuerzos y tus esperanzas.

 

 

 

Y te afanas empujando la piedra con tu pecho,

 

con tu médula ósea, tu frente mineral,

 

con tu sangre embarrada, tus zarpas de lignito.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 El hombre

                                     

 

 

Como la voz que adolece soledades,          

 

como la voz que adolece, hermano,

 

por el cálido Simún de los desiertos:                   

 

cruel y puro, hermano.              

              

 

 

Traba de sangre en caudalosa geografía,

 

cuentan que, en las noches,  

 

se abandonaba sobre el duro pezón de felinas cordilleras,    

 

sobre bravíos senos,                          

 

sobre el combo vientre de feracísimos valles.

 

Amigo del vómito,        

 

amigo secular del universo

 

donde un viento desolado lo proclama tierno y fuerte,

 

señor

 

  y creador de la palabra,

 

tanto mas humano,

 

tanto mas culpable cuanto mas creador.

 

 

 

Sobre Jarkow, Potosí, Anahuac, Taoke,

 

Addis-Abeba,

 

extiende sus doloridos miembros:

 

desnudo sobre el mapa,

 

el gran dominador de las Naciones.

 

 

 

Y dicen

 

que nació,

 

que vive entre nosotros,

 

que es de entre nosotros...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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