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Ediciones espuela de plata
Editorial renacimiento
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PRÓLOGO
Ésta es obra que, sobre las muchas maravillas y hechos portentosos que para enseñanza de los más avisados y pasmo de los simples vendremos a relatar, pretende ser sólo crónica fehaciente y fiel de unos sucesos que bien pudieran, de llegar a adecuadas manos, marcar un hito en la historia y ser de inestimable valor para el devenir de la ciencia. Escrita pobremente al estilo de éstas, despoblada ex profeso de florilegios y adornosque en obramás frívola daríanle gracia y lustre pero que en tratado de esta índole no sería sino torpe impedimenta, si algún mérito hemos de conferir a estos poco más que cuadernos de campo es, a nuestro juicio, el de servir de consuelo, aun pobre, a quien se duele mostrándole cómo la desdicha humana responde algunas veces a tan inescrutables planes y tan altísimos designios que es locura imprecarla y abominar de ella.
Y siendo verdad que el entendimiento del hombre poco alcanza, limitémonos a levantar serena acta de aquello que por gracia o por azar ha llegado a nuestro conocimiento, sin demandar explicaciones ni emitir vanos juicios.
CAPÍTULO I
Donde se presenta a Arcadio y a la hermosísima Amaranda. Sortilegios de amor. Desvelos de una madre.
1
Y aconteció un día del que no guardamos más memoria, pues amaneció sin guiños ni alharacas que pudieran servir de referencia, que Arcadio, a la sazón un rubicundo varón ya entrado en años, de buen talante y conformar y poco curtido en los negocios de la vida, mediana estatura, tendiendo a una gozosa obesidad, por no decir abiertamente gordo, de pálida piel, pronta a sonrojarse, barbilampiño y algo mofletudo, cabello rizoso, oscuro, abundante y encrespado que empezaba por ciertos lados incipientemente a canear, sonrisa desvalida, mentón huidizo y ojos negros cubiertos de antiparras que apenas velaban su tristeza, vino a conocer en buena o mala hora, pues ésta es ardua cuestión para la que ni él mismo halló nunca respuesta, a la más hermosa de las doncellas: una linda damita, de nombre Amaranda, de apenas dieciséis años de edad, bien proporcionada, ojos grandes de un azul intenso, negrísimos y cortos cabellos que gustaba de llevar siempre mojados, demasiada desenvoltura para su corta edad, armoniosos y gráciles ademanes, paso raudo y leve de gacela, fino talle, nariz perfecta y graciosa, pícara sonrisa y escasas luces, de la que se vino pronto perdidamente a enamorar.
Tras maravillarse de que el azar hubiese obrado con tal destreza y tino, y tanta deferencia para él, que nunca había sido su servidor ni acólito, escogiendo de entre tantos y tantos millones de seres, desperdigados aquí y allá por todo el orbe, a aquella espléndida hembra, aquella bellísima mujer que casaba tan perfectísimamente con su gusto, trayéndola a su lado dulce y gozosamente en momento tan oportuno, vio en ello, si no la misma mano de los dioses que, benevolentes, se placían en derramar sobre él a manos llenas sus mercedes, sí al menos la del destino, sin reparar -pobre necio- que, de vaca o de camella, cuando el cazo se halla el suficiente tiempo en contacto con la lumbre, la leche acaba siempre por bosarse.
Derrotado ya Copérnico, abjurado de su nefando error Galileo, de nuevo el sol y todo el universo volvió a girar de modo armonioso sobre la tierra, en concreto, sobre la villa de San Juan de la Estanquera, pedanía de Valdelmonte y, de modo especial y muy atinadamente, alrededor de la hermosísima Amaranda.
2
Quiere la naturaleza que el osezno ejercite su zarpazo certero y su abrazo mortal, de los que luego habrá necesidad para su supervivencia, fingiendo crueles luchas con sus hermanos de camada, y que la hija del hombre ejercite sus artes de seducción sobre todo varón a su alcance por igual motivo. Así, siguiendo los dictados de tan principal maestra y valedora, inocente al cabo, pues no es de ley que el siervo enmiende la plana a su señor, al reparar Amaranda en Arcadio y tras cerciorarse enseguida de que éste también lo había hecho más que cumplidamente en ella y ciertamente en sus senos breves y su poderosa grupa, puso a ensayo todo su amplio surtido de encantos y zalemas. Cuando creyó llegada la ocasión, mostró cortedad y desenvoltura, desvalimiento y osadía, todo en turnos, y aun a la vez, pues éste es arte que dominan a la perfección todas las damas. Anegó de lágrimas sus bellísimos ojos de modo que fuera imposible no recabar y perderse en ellos. Melosa, solicitó apoyo y ayuda para lo que para era más que evidente que se bastaba ella sola de modo sobrado. Contó dulcísimas historias y anécdotas, aventuras infantiles y, por qué no, también futesas, chismes, vanidades y extravagancias, mas supo callar, dolorida y enigmáticamente, en el momento oportuno; se quejó de injusto trato, de ser víctima del desamparo y la desidia, de esforzarse en vano y para nada y no haber jamás solaz alguno; se deshizo en mohines y melindres, enrojeció, azaróse y demudó la color, sonrió, perdióse en ensoñaciones, puso hociquitos encantadores y frunció terrible el ceño; y, sobre todo, como dicen que ocurre con el Guadiana o las afamadas fuentes del Nilo, por motivos que nunca hubo forma de llegar a conocer o por un prodigioso dominio intuitivo de cálculo, apareció y desapareció de modo siempre oportuno tantas veces y tan de pronto de su alcance y su vista, que Arcadio, enfermo de ansiedad y desconcertado, no hubo ya otra opción sino la de enviar al infierno a tan linda dama o, rendido, prendarse hasta la médula de ella. Y, en esta tesitura, aunque su mente le aconsejaba vivamente lo primero, optó por lo último arriando complacido todas sus banderas.
Gozaba Arcadio, en virtud de un oscuro cargo, no se sabe en qué modo adquirido, de la potestad de otorgar a su antojo algunas pequeñas pero, al parecer, golosas prebendas tales como la de autorizar a quien fuera de su agrado a pasear en solitario, al caer los últimos rayos de sol, por los jardines cerrados al público, o la de permitir a su arbitrio, por muy controvertidas y dudosas que fueran las condiciones que para ello mostrase, entrar a formar parte del coro local, círculo extremadamente escogido, al que muchos pretendían y al que accedían muy pocos y que, en aquel entonces gozaba de muy ganada fama pues cantaba bellísimas canciones, ante el admirado alborozo de los fieles que asistían engalanados en masa a sus actuaciones en fiestas señaladas tales como la Navidad, la Epifanía y la Ascensión de Nuestra Señora.
Y sobre todo, con mucho lo más importante, era capaz, cuando ponía su empeño, de proporcionar alguna invitación, oportunamente traspapelada o perdida, a los festejos y bailes que celebraban periódicamente en su mansión los señores de Valdemonte, muy famosos y celebrados en la comarca entera, y que otorgaban a quienes tenían el honor y oportunidad de acudir a ellos un sello indeleble de distinción entre todos los vecinos. Así, gozando a menudo de tales regalías, algunas veces, quizás las menos, por vano deseo de las mismas y, otras muchas, por probar su poder sobre Arcadio, buscaba Amaranda al principio su trato, no pudiendo por menos que sentirse halagada por las mil deferencias de las que era objeto.
Todo ello, y quizás la falta inmediata de perspectivas mejores, hizo que la situación se prolongara durante más tiempo del esperado y, desde luego, más del que hubiera sido discreto; mas al cabo, como tenía que suceder, perdióse la novedad, volvieron las aguas a los cauces de antaño y cansóse súbitamente la moza del devaneo, advirtiendo entonces por primera vez, sorprendida e irritada, que los juegos no venían siempre a durar según sus gustos. Unióse a ello el vivísimo y quizás no injustificado temor a encontrarse ya en el punto de mira de algunas de sus compañeras que podrían haber reparado en amistad tan estrambótica y singular, comenzando a murmurar y hacer burla de ella. Siguiendo las leyes de la física osciló el péndulo hacia el otro extremo y vino entonces a cobrar un gran aborrecimiento a Arcadio, a sus rendidas miradas cada vez menos de soslayo, a sus mezquinos favores que en nada la favorecían, a sus cómplices y necias sonrisas, a su voz y su silencio, a su omnipresente presencia y su fidelidad perruna.
Y así, habiendo cierto día recibido la criatura una nota de su enamorado demandando, quién sabe si con un dejo de sorna, pues veníalo ya tan a las claras rehuyendo que algo debiera ir el pobre necio recelando, por su estado de ánimo y salud, y solicitando con fútiles pretextos encontrarse con ella lo más pronto posible para debatir un importante asunto que no admitía demora, se colmó de pronto el vaso y no pudo aguantar más. Y pareciéndole ésta más que evidente prueba de su descaro y felonía, acudió corriendo, como era su costumbre hasta hacía sólo unos pocos años, lloriqueando a su madre pidiendo consejo, protección y consuelo.

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Elacabose
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