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Al corazón, que venza...
Ed. Renacimiento
Y por un momento
Y, por un momento, quizás,
junto al árbol, creído centenario,
se posó tu dulcísima frente.
Y el continuo milagro
del pie sobre la tierra inerme.
Y el aire que solloza y que tirita
y luego se adormece y se arrebuja
tiernamente dolido en el costado.
Y una vaga conciencia
de ver atardecer el día
sin mediar la sombra de un reproche.
Encuentro
Como caudalosa nostalgia de ti,
como flor en el umbral, como voz detenida.
Como sabia enredadera
de mano poblándose en mano.
Un estallido de luz,
un suave contacto
y luego, nada...
¡sino en el aire la libélula creciente del asombro!
¿Qué arena...?
¿Qué arena,
beso, fruto, nos servirá de tiempo?
Para saberte, amor,
qué dulce enredadera,
qué exacta lección de geometría.
¿Qué mapa,
para aprender el nombre de tus calles?
Sapo de la tarde
Y, en la tarde más serena del otoño,
tendió el amor su ala.
Y al punto astros y seres
hallaron su sentido.
Mis labios se poblaron
de ignotos universos,
de hermosísimas palabras,
al fin recién sabidas.
Y, así, dije: lluvia, sapo,
o simplemente flor
o nube, o reptil,
multiplicando pequeñas oraciones.
¡Y aquella noche luciérnagas pusieron
colgaduras de luz en mis ventanas!
Las hojas
Y aquí te espero, amor, entre las cosas,
la silla, el taburete, el lapicero,
que guardan celosos tu presencia.
Reviso, con cuidado,
la exacta luz de las ventanas,
los números, los verbos, los adjetivos.
Las hojas marcadas con tu nombre...
Al pie de la voz
¡Y cuántos ya, cuántos nunca, cuánto tiempo!
¡Cuántas horas, el reloj, en una hora,
aguardando, en vigilia, un sólo instante!
Y acudes, presuroso,
al pie de la voz que te reclama...
Soplo
E, inmerso en mis quehaceres,
levanto, al oírte, la mirada
Y sonríes.
Y con dulce soplo me separas
los trinos de la voz,
los afrechos de las espigas.
Al verte
Y al verte aparecer...
Tropiezo con la mesa y con la luna,
confundo la noche y el tintero.
No encuentro los ojos ni las llaves.
Quiero decir amor y digo: ¡hola!
Quiero besar tu voz y no te alcanzo,
yerro mi beso, al menos, por dos frentes.
Con dedos diminutos
Y apartas, cuando ríes,
la fiebre, la migraña,
mi noche más oscura.
Con dedos diminutos,
el velo amarillento de mis fotos.
¿Cómo la lluvia?
Y, dónde, amiga,
¿dónde nos conocimos?
¿Qué noche alumbraste?
¿Cómo la lluvia devino corazón?
¿Cuándo tus brazos, dulcísimas cadenas?
Llegaste a mí
Llegaste a mí ligera y pensativa,
como la mar, como la llama, como el consuelo,
como la dicha, como la alondra,
con el alba apretada entre los dientes.
Poblada de trinos, gimiendo primaveras.
Y el agua, en la crecida, se desbordó en mis cauces.
Y es clara tu voz
Y es clara tu voz.
Sobre el ruido creciente de la mar,
sobre los vientos,
sobre el murmullo cautivo de las ramas,
sobre los ruidos crecientes de la noche,
sobre los cascos, sobre el corcel,
sobre el sonido de la lluvia en el cristal:
es clara tu voz.
Y era dulce
Y era dulce tu voz, dulce
a la tarde, tu voz
nombrando los caminos,
mostrando a los jazmines la ternura,
trino a las aves.
Calma a la mar.
Para saber
Y todas las criaturas se te acercan.
Los peces, los reptiles,
las aves y el ciempiés.
Para saber tus manos.
Para saber su nombre.
Donde reines
Allá donde fueras,
donde alces, alegre, tus bastiones,
donde habites, donde reines,
allá, mi corazón.
Allá, mis ojos
Y sentirte
Y sentirte
en el alba,
en la lluvia, en la galerna.
En la noche,
en la fiebre, en la vigilia.
Como una llama diminuta en mi costado.
Y sentirte
como el nopal la lluvia,
como el cincel la roca.
Como el árbol, la tierra, en sus raíces.
Propósito
Y quererte,
y pensar en ti
como si nada ocurriera.
Como si estrellas
poblasen el firmamento ya infinito.
Y quererte
y llenar, gozoso, de tu aire,
mis caminos.
Reencuentro
Y vengo
de allá donde la mar a esta tierra ignota
con excusas nimias, con dulces versos.
Y, en un prodigio, se abre
la puerta, a mi llamada.
Y con alas crecientes remonta mi Pegaso.
Y corren por mi sangre
el fuego y las azucenas...
Qué fácil
Qué fácil entonces, amor, velar tu casa,
las aves, las arenas, las marismas.
Apacentar el ganado, dorar los trigos,
cantar las aguas, trillar las mieses.
Qué fácil entonces,
hacer sonar las salvas, hacer de centinela.
Velar
el álamo y el roble.
Y sólo quiero
Y sólo quiero, amor,
quiero tu frente,
donde sólo mi sueño se serena.
Donde se truecan
en sabias enredaderas mis zarzales.
La fiebre en un cristal,
en tibia luz, la noche.
Al corazón, que venza
En esta noche atroz vengo a rogarte.
A matar el ruiseñor con mi tristeza,
a cambiar mi cuaderno por tu luna.
A gritar al amor que se apresure.
Al llanto, una demora.
A la razón, que calle.
Al corazón, que venza.
Así quisiera
Y tachar mis fechas en tu calendario,
trazar, juntos, caminos en el mismo mapa.
Contar, gozoso, por tu reloj mis horas.
Así quisiera, amiga.
Partir, al alba, en dos
el canto de la alondra.
Cuando te llamo
Cuando te llamo,
cuando digo tu nombre,
cuando la voz
se libera de mí, se me desborda...
Cuando gimen las horas en mi reloj,
cuando ya
no me caben en el pecho siete letras.
Cuando te llamo...
Acaso
¿Acaso viniste en esta noche
a sosegar mi sueño, a inundar
mis sienes de perfume,
de azules cabellos mi almohada?
¿Fuiste tú quien encendió la luz,
quien detuvo la lluvia de cristales,
los galgos que corren por mi lecho?
¿Acaso tú, quien esta noche
tocó mi frente? ¿Quien enjugó mi llanto?
Tú, quien dijo susurrándome al oído:
soy yo. Aquí estoy.
¡Ahora, duerme!...
Algo existe
Y, aunque nada tengo,
aunque el desvelo
une ya mis noches con los días.
Aunque el ángel
me ha mostrado su pistola.
Aunque clavan espuelas en mis ijares.
Aunque crece el cáncer por mis yerbas.
Aunque sólo trina la migraña.
Aunque he perdido mi montura.
Aunque llevo a cuestas mi caballo
En mí estás, amor.
¡Algo existe hoy!
¡Todo está bien hoy!
Qué importa
Porque te quiero.
Porque aún guardo tu voz,
porque sé todas las letras de tu nombre.
Porque me basta, aún sólo, con saberte.
Porque te quiero...
¡Qué importan los cuervos en el terrado!
¡Qué importa la nieve si me alcanza!
¡Qué importa si ladran los lebreles!
ç
Amor, escúchame
Amor. Amor. Escúchame.
Cuando acabe la tarde, cuando mis ojos,
cansados de la mar, al fin se cierren,
cuando me vaya,
escúchame.
Aún quedará mi voz...
¡Aún quedará tu nombre!
Quizá
Quizá el amanecer
llegó dolido y tarde.
Quizás no vuelvas más...
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