info@elacabose.net • Guillermo López Lacomba 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ACABÓSE   

 Publicación periódica

con gacetilla literaria

 

 

                              

 

  

 

 

 

 Ediciones espuela de plata

 Editorial renacimiento

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Historia   de   Arcadio

 

o

 

Tratado   sobre  el   saber, usos  y  costumbres

de   gallos   y   gallinas

 

 

 

 

CAPÍTULO  IX

 

                                                                    Donde se tratan asuntos de la mayor trascendencia. trascendencia.                              atributos del Gran Ganso. La muy desdichada historia historia                                                  de los Siete Gallos y de lo que aconteció después.

 

 

 

I

   

 

             Ya que por uno u otro lugar hemos de comenzar esta historia, creemos obligado a hacerlo por el punto que nos parece más trascendente y capital, y que, a la postre, prima sobre todos los otros, y que es asunto que de seguro a todos nos ha de interesar, pues ciertamente a todos nos preocupa los negocios del alma.

          Y juicioso es convenir que, aunque instalados desde hace siglos en la verdad, por la gracia del Señor, sin que haya mérito alguno por nuestra parte, no por ello debemos  renunciar a ilustrarnos y conmovernos con las ingenuas creencias de aquellos menos afortunados que, aun en el error, buscan, no obstante, honestos su camino siguiendo con rectitud las normas que tienen como ciertas. Y aun cuando algunas puedan parecernos un tanto pueriles, cabe seguramente extraerse de ellas, contempladas con ojos sencillos y libres de vanos prejuicios, ejemplos piadosos y edificantes enseñanzas.

          Ha de saberse que todos los pollos y gallinas adoran casi desde sus mismos orígenes al Gran Ganso, ser perfectísimo, no creado, de sustancia controvertida: carne de ave purísima e inmaterial, cristal vivo sin mácula alguna o campo de energía radiante oscilando graciosamente en el vacío. Ser ubicuo, omnipresente, sempiterno e intemporal que todo lo puede y que no ocupando lugar ni volumen, todo lo llena y lo habita, y en todos lados está, pues en cualquier otro caso sería la nada y el horror al abismo.

          Ninguna de las aves que actualmente vivían, había tenido trato ni visto al Gran Ganso, cosa muy comprensible dado que rara vez las gallinas se alejaban de la granja más allá de tres millas y cuando ello ocurría era para no regresar, sin que nadie hubiera nunca más noticia de éstas. Parece ser, no obstante, que antaño, en otros tiempos en los que la comunicación entre las criaturas y sus dioses era más fluida -sin que dejara por ello de ser menos tensa- el Gran ganso solía mostrarse con cierta asiduidad a algunos gallos y gallinas para recriminarles alguna picardía, departir de sus asuntos y confiarles secretos, siendo ésta una inequívoca señal de favor. Se conocían los nombres de todos los favorecidos, e hicieron a Arcadio una pormenorizada lista, relatándole cuál era su estirpe y quiénes sus padres, cómo fueron las circunstancias del encuentro y qué, en ellos, se dijo. Mas cuánto más detalles conocía de la vida y asuntos de estos gallos y más encendidos elogios de sus méritos hacían, más le parecían a Arcadio una partida de garrulos ávidos y aprovechados y unos bandidos impresentables, seguramente de modo erróneo, pues si ya es difícil juzgar con ecuanimidad y tino a gentes de otras épocas, costumbres y culturas, debe ser casi es imposible emitir un juicio acertado si, además, son de otra especie.

          Las descripciones de tal Ser resultaban más bien vagas, confusas y eran a menudo contradictorias. Parecía bien establecido ser de un  color blanco purísimo que dañaba de inmediato la vista de quienes osaban mirarle de frente. Por lo demás, unos afirmaban que era en todo semejante a ellos, los pollos, pero hermosísimo, de más elevado tamaño y con la cabeza, en proporción, más voluminosa; otros que era más bien semejante a un buey o una oveja; otros que era como un fuego que tornábase diferente en cada llama, otros viva luz y fulgor y cada cual se lo imaginaba como le convenía, y según la ocasión y el momento, sin que ello pareciera provocar polémicas ni disputas.

 

 

 

2

          Según se narra en textos antiquísimos, hoy perdidos y por lo demás inútiles por cuanto las gallinas perdieron hace mucho tiempo la habilidad de escribir y luego de leer, en el principio, el Gran Ganso vino a rodearse solemnemente de una cohorte de Siete Gallos, muy principales y de gran porte, a los que tenía en gran aprecio y consideración y que constituían su cuerpo de guardia. Vagaban también a su alrededor otros muchos seres de inferior rango y valía, pero todos ellos irreemplazables,  inestimables a sus ojos y con su preciso cometido.

          Eran momentos aquellos de frecuentes conmociones y terribles asonadas, pues estando la tierra y cielos aún conformandose, sin haber hallado conveniente equilibrio, muchas de criaturas que por entonces los habitaban, desconociendo el lugar asignado o abominando torpemente de él, osaban probar su fuerza y vigor por hacer muestra de sus cualidades y méritos y ver de ocupar un mejor lugar en su destino. Aconteció que en una de estas veces apareció, no se sabe bien de dónde, un dragón de descomunal tamaño, formidables defensas y terrible poder, causando allá por donde pasaba grandes duelos y estragos, llanto, ruinas, tierras calcinadas, dolor y muerte. Viendo la desolación que a su alrededor provocaba, conmovido por las súplicas que elevaban sus criaturas y hastiado por el carácter malicioso de la bestia, el Gran Ganso envió a los siete gallos a luchar contra él.

          Partieron arrogantes en su búsqueda, pavoneándose ante todos y cuidándose más de vestir lujosas armaduras de plata y portar lindas armas incrustadas de preciosa pedrería, de ahuecar las plumas y hacer vana ostentación de prestancia y lujo que de prepararse de modo conveniente para la contienda según dicta la costumbre con torneos, ejercicios de armas, marchas fatigosas, oraciones, sacrificios, penalidades y ayunos. Todavía exultantes de gloria y resonando en sus oídos clarines y aplausos, hallaron para su desgracia a la bestia, más pronto de lo conveniente, de lo que habían esperado y de lo que hubieran querido. Al verla ante ellos, erguida y furiosa, en todo su poder, con una multitud de cuernos que dábanle una doble vuelta alrededor del cuello, patas infestas de batracio con membranas entre los dedos, cola grande como un cedro que golpeaba a izquierda y derecha deshaciendo en polvo menudo las piedras, tres malignas cabezas que se erguían sobre largos cuellos de serpiente, ojos inyectados en sangre que a todos lados miraban, y echando abundante humo por los fosas nasales, fuego por la boca y pestilencias por todos sus orificios, quedaron al punto aturdidos, perdiendo valor y fiereza, y pese a llevar armaduras que, ¡ay!, ahora quisieran mejor de acero, portar espadas y lanzas que ahora quisieran manejables y ligeras, y estar dotados de picos afilados y grandes espolones, con los que haber acosado a la monstruosa criatura y, mal que bien, defenderse confiando en la ventaja de su número y en que, llegado el instante, no habría de faltarle la ayuda del Gran Ganso, presos del espanto, huyeron emitiendo chocantes sonidos.

          Vagaron largo tiempo, magullados, cansados y todo renegridos por bosques en llamas, pedregales, zarzales y terrenos incultos, intentando demorar todo lo posible el momento de comparecer ante el Gran Ganso, llegando, no obstante, el día en que no hubieron más remedio que presentarse y postrarse ante él. ¡Bienvenida sea mi gallarda cohorte! -les digo el Gran Ganso con sorna- y abandonando cualquier otra tarea que pudiera parecer distraerle, fijó en ellos su atención y le preguntó en qué modo había transcurrido su misión, si habían logrado tan pronto dar con la bestia, en qué modo había transcurrido la contienda, si se habían cerciorado bien de su muerte y qué trofeos de ella le habían traído. Quedaron los gallos cabizbajos y corridos, sin atreverse a hablar, aunque era evidente que el Gran Ganso todo lo sabía.

          -Mientras vosotros no os preparabais sino para honores y festejos, yo lo hacía para librar la que debía ser vuestra batalla. Mientras vosotros huíais pusilánimemente, yo segaba una a una las cabezas del monstruo y le arrancaba la vida- se lamentó el Gran Ganso. Y recriminándole con extrema dureza su cobardía, condenó a toda la estirpe a batir las alas en vano sin poder, en lo sucesivo, alzar el vuelo, más allá de dos cuartas sobre tierra. Y convirtió a los siete gallos que habían perdido a la sazón, chamuscados, los atributos viriles, en gallinas dando así lugar al nacimiento de estas criaturas pues hasta aquel momento no existían las hembras de esta especie, sometiéndoles, además para su infamia, al castigo de ser montados por todos los otros gallos, lo que al parecer no les fue de gran disgusto.

          Y, si bien, este hecho pudiera parecer penoso, y desorbitado el castigo como se lamentaron los Siete Gallos, hemos de convenir que es costumbre graciosa de los dioses escribir derecho con renglones torcidos, y que todo fue para bien pues, de otro modo, no habría de existir ahora entre nosotros esta especie tan apreciada por todos y querida.

          Y aunque ésta es historia que nadie recuerda, habiéndola escuchado en aquellos instantes Arcadio por primera vez de las propias gallinas, nos inclinamos a creer en su veracidad, pues  por todos es conocido que el término “gallina” expresa entre nosotros cobardía extrema, haciéndolo además de modo despectivo, lo que es signo inequívoco de maldición divina.

 

 

 

 

3

          Erraron, malditos y sin rumbo, los Siete Gallos acompañados de otros que a ellos se habían aficionado y su prole, no buscando sino alejarse lo más posible de aquellos parajes y unos de otros, pues ya solo su vista les venía a recordar aquel triste episodio y los sumía en el dolor y la vergüenza. Mas, despojados de su gloria y esplendor, hallaron en el amor brillo y deslumbre, y apartados de los goces y deleites de los cielos, placentero sustituto en la coyunda; y así, en breve tiempo, vinieron a multiplicarse de modo prodigioso y a ocupar una gran extensión de tierra.

          Pasados los años que eran convenientes y fallecida hasta la última gallina de la séptima generación, consideró el Gran Ganso que ya era momento de apiadarse de ellos pues diciendo verdad, su grave pecado no había sido fruto de la malicia sino de su natural fanfarrón y su necio orgullo. Y, para mostrarle su perdón y señalar el comienzo de una nueva época, ordenó el Gran Ganso construir en su honor una gran torre que habría de maravillar a todas las especies y constar de siete edificios, cada uno un poco mas estrecho que el anterior y montado sobre él, hasta llegar con el último a rascar los cielos. De este modo -señaló con tino- os hallaréis más próximos a mí y de este modo podré  escucharos mejor cuando vengáis a orar.

          Así hicieron las gallinas, mas llegado al tercer edificio empezaron a murmurar, diciendo que aquella era una obra de locos; que sufrían todos de mareos y vértigos; que habían de sujetarse con correas y cuerdas pues los vientos que corrían a tal altura a menudo se las llevaba para luego estrellarlas en tierra, habiendo ya muchas muerto de esta suerte despanzurradas; que el edificio excedía en su altura a las de las colinas más próximas y ni el águila ni el halcón se atrevían a sobrevolarla; que se tardaba, a la sazón, más de un día en subir los palos y el adobe desde el suelo y que las órdenes pasaban por tantas gallinas que se confundían irremisiblemente, de modo que allá donde hacía falta una gavilla de paja venían a enviar un cubo de agua, viniéndole esto a multiplicar sus trabajos e impedir su tarea.

          Y acabado tan sólo de rematar el cuarto edificio, era ya tal el fastidio que aquella labor les producía y el cansancio que acumulaban, que acordaron, sin más, dar por conclusa la obra. Y descendieron todos de aquel zigurat, celebrando una gran fiesta y volviendo a la holganza, despreocupados de cualquier temor, pues pensaron ilusamente que habiendo cumplimentado más de la mitad de la tarea encomendada, el Gran Ganso habría de estar necesariamente más satisfecho que disgustado. En lo alto de la torre quedó sólo Isent, un gallo que había un gran y santo temor de el Gran Ganso, y con él su menguada familia, trabajando con denuedo, pues lo importante no era -pensaba y había en ello razón- la celeridad con que la torre creciera, sino acatar las órdenes de su Dios y cumplir sus designios.

          Tomó el Gran Ganso por insolente afrenta la actitud de las gallinas, y como necia racanería sus cálculos groseros, pues mal soporta que vengan a regatearle un poco el que todo lo tiene. Y, montando en cólera, les amenazó con enviarles un diluvio que arrasara animales y frutos y todo lo que hubiera sobre la faz de la tierra. Mas hartos ya de la cuestión, hallándose además en época de celo de modo que todos los trabajos venían a estorbarles, y creyéndola rabieta fuera de lugar y pasajera, tomaron en vano sus palabras, y lejos de dar el ala a torcer, más por broma que por si tal contingencia ocurriera, se aprestaron construir gran profusión de naves y arcas.

          No hubo otro remedio el Gran ganso que responder al desafío e hizo caer primero una finísima lluvia que todo lo calaba y tan fría que helaba los huesos. Cubrieron las aguas las tierras más bajas y vinieron los gallos a refugiarse en las colinas. Continuó la lluvia incesante y también las colinas vinieron a cubrirse, viéndose impelidos a embarcar en las arcas que habían construido. Habiendo espacio sobrado en ellas, movidos por la compasión, consintieron en llevar consigo algunas criaturas salvajes que las rodeaban y emitían, asustadas, lastimeros guañidos.

          Mas siguieron cayendo las aguas con tal profusión que parecía haberse roto los cielos. Ininterrumpidamente llovió durante cuarenta días y cuarenta noches y se levantó una gran tempestad y corrieron huracanados los vientos. Y los barcos perdieron las arboladuras y algunos vinieron a volcar, otros quebraron como nueces podridas, partiéndose en dos y los más, poco a poco se fueron anegando, inundándose de agua las bodegas, acabando al fin por zozobrar. Perecieron así ahogados todos los gallos, excepto una hermosísima gallina a la que llamaban Venus, tan igual era en pasión y belleza a la diosa que, en el último momento, sin que nos atrevamos a aventurar el motivo de tal exclusión, ni si fue o no para su suerte, fue convertida en chirla.

          Solo Isent y su familia, de entre todos los gallos, se libraron de morir de este modo, pues la lluvia cesó justo al alcanzar sus pies el nivel de las aguas, siendo seguro que de no haber perseverado en sus trabajos elevando la altura de la torre al menos diez veces el tamaño de una gallina, hubieran con los demás también perecido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Elacabose

 

 

 

 

 

   

 

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