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Ediciones espuela de plata
Editorial renacimiento
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Historia de Arcadio
o
Tratado sobre el saber, usos y costumbres
de gallos y gallinas
CAPÍTULO XXIII
De una propuesta fallida por temor a los ardides de una viuda. Expulsión de los púberes. Arcadio conoce hembra. Final de la historia.
1
No fue mas que abandonar Liborio el local y verse estallar éste en protestas y clamores. ¡Ah, no estaban en modo alguno de acuerdo! ¡No era plato éste que pudieran hacerles tragar, ni alimento que con él comulgaran! Con gran algarabía, gritaban que ellos habían de poner remedio a tal situación, de un modo u otro, y además con gran rapidez pues no era éste asunto que pudiera dilatarse sin haber peligro de que quedara dañada de Arcadio estima y sesera. ¡Que aquel estado no podía proseguir ni un solo momento y quedar ellos, como unos pánfilos, impasibles! ¡Que no habían hecho tan largo recorrido y llegar hasta allí para dejar escapar el tren! ¡Que no iban, a las primeras de cambio, a arrojar la toalla y rajarse! ¡Que no era éste modo de comportarse allí, en aquellas generosas tierras, ni ellos alfeñiques de ciudad ni hombres pusilánimes que sin luchar se rindieran! Que habían en gran aprecio a Arcadio, siendo su única familia y sostén, y que era inadmisible del todo, y por ende ellos no permitiría, que el pobre gringo sonso sufriera por una extranjera de duro corazón, melindrosa y taimada que ni siquiera tenía sangre india o negra. Y maldecían en larga letanía con muy duras palabras a Amaranda, bien que sin conocerla a ella ni sus circunstancias y sin reparar que el amor no es acto que responda a la voluntad sino al corazón y que va y viene a su libre albedrío sin nadie llamarlo. Y más aún, que si el sabio puede darse el lujo de dudar de sus motivos, el necio no ha más remedio que agarrarse como un clavo a sus necias razones.
Y algunos propusieron consultar a una bruja famosa que en el lugar había para exponerle el caso, pues había allí gran afición y costumbre a ello y fe a prueba de todo quebranto en sus pócimas, encantamientos y consejas, demandándole que preparara con la mayor celeridad posible algún potente filtro de amores que o bien podrían darlo de beber a Amaranda y tornar de aqueste modo sus inclinaciones y sus antojos, trocando dureza en ternura, en admiración y gran apego el desdén y el desafecto en afecto, o bien podrían, suministrándoselo a hurtadillas a Arcadio, que éste quedara al punto enamorado perdidamente de aquella primera hembra que se cruzara con él, olvidando a Amaranda y solazándose con una hembra honesta.
Pero, para lo primero, había el gran inconveniente de que era preciso reconocer ante Arcadio que se hallaban todos al corriente de su secreto lo que, además de, a todas luces, más que embarazoso, pudiera ser causa de gran conmoción y producir su rechazo. Además, no se le ocultaba la dificultad de que éste atravesara de nuevo la mar, pues a la sazón debían ser ya muy exiguos sus recursos, e improbable si no del todo imposible que tuviera la ocasión de acercarsele siquiera, y menos aún de ponerse en contacto con Amaranda, seguirla con todo desparpajo a lugar en que hubiera oportunidad de poder suministrarle, a ocultas, el bebedizo, y, llegado ese caso, de que Arcadio se aviniera a ello, pues si en amor, todas las armas son válidas y convenientes, no deja por ello de ser algunas muy poco airosas.
Y, para lo segundo, existía el nada baladí problema, de que éste pudiera fijar la vista en mujer casada, enamorada de otro o ya comprometida, o que simplemente no le profesara a Arcadio ningún apego. O todavía peor, que después de asentir en un primer momento, viniera después a rechazarlo, pues son muchas las que se sienten felices y contentas de verse en el candelero, en primera plana de pronto, mas luego, haciendo frío balance, piensan más que magro el negocio y se arrepienten del mismo. Para obviar el inconveniente, algunas propusieron darle conjuntamente con la pócima algún potente narcótico, de modo que cuando Arcadio despertara, lo hiciera frente a moza casadera que hubiera indicado ya su afición por él y estuviese satisfecha y deseosa de mantenerse a su lado; mas ocurriendo que, quien con más ahínco venía a defender este estrategia era una, doblemente viuda, mujer adusta conocida por su vivísimo genio y su carácter avinagrado y por haber logrado hacer de las vidas de sus difuntos maridos un autentico infierno, los más pensaron que pudiera ser peor el remedio que la enfermedad, y no ser sino salir escaldado de las aguas hirviendo para caer de pleno en las brasas, hubieron de oponerse con rotundidad a la propuesta, dando como oportuna excusa, pues nadie se atrevía a enfrentarse directamente con la viuda, la de que sería grave pecado forzar en demasía las cosas y que, si bien era lícito agitar las aguas dormidas, había que dejar obrar al destino.
Así, tras muchas y baldías discusiones, en las que se quitaban unos a otros la palabra de las bocas, siendo opinión común que la mancha de la mora con otra mora se quita y que un clavo con otro clavo se desaloja, justísimas afirmaciones en las todos estuvieron de acuerdo, y que el amor, a decir de los más leídos, era sólo insoportable presión de humores y hormonas y que, siendo así, descargando éstos oportunamente, si no enseguida el mismo amor, hueso al cabo más duro de roer, gran parte de sus secuelas perniciosas remitirían, convinieron al fin que ésta podría ser vía oportuna de alivio si no solución al problema que estaban tratando.
Con ojos encendidos que denotaban su pertenencia a la fanática secta de los enamorados, algunos mancebos de rosada tez y mujeres de estrecha cintura negaron tales aserciones tachándolas de cínicas y desacertadas, de escaso seso, poco fuste, mala fe y ser infamia manifiesta. Mas viendo que eran estos los menos, que tenían ya harto entretenimiento con sus arrumacos y arrullos, y que su presencia sólo arrostraría disputas y un rosario de pegas sin fin, propusieron como hecho consumado fuera de discusión que, puesto que a partir de ahora se disponían a proseguir por tortuosas sendas por las que no era conveniente ni honesto que jóvenes ni mujeres transitasen, abandonaran todos ellos la asamblea, dándoles, llegado el momento, cuenta de los resultados, para poder así continuar la conversación de modo más libre.
2
Quedaron, de este modo, allí, tan sólo hombres de pelo en pecho, curtidos en mil batallas, más acostumbrados a abatir árboles a golpes de hacha y, si se terciaba con la osamenta de sus frentes, que a hacer encajes de bolillo, trazar jardines, plantar parterres y fabricar ramilletes de flores. Con poderosos y fornidos brazos para tirar cuanto fuera preciso del carro atascado enmedio del barrizal pero con manos demasiado encallecidas para acariciar y calmar a la bestia caída. Así su condición y así procedieron: con manifiesta buena fe, inquebrantable voluntad, incuestionable ardor y sin regatear ningún esfuerzo, pero con poca sensibilidad, menor discernimiento, torpe afán y toscas maneras, siendo su rudeza y cortedad de alcances y no ruindad ni mezquindad alguna la causa del posterior desastre.
Descartando procedimientos más sutiles y ponderados, llevados por la ansiedad e impelidos por la necesidad perentoria de obrar que acompaña con frecuencia a los estados de exaltación y que tan malas consejas ofrece, se pusieron a darle vueltas al caletre y pensar quién habría de ser quien yaciera con Arcadio, pues, a tal punto habían reducido tan abstrusa cuestión aquellos simples.
Y, haciendo tabla rasa de otras cuestiones, que si a alguien llegó alguna de ellas a nublarle la frente, fue de inmediato espantada como mosca molesta, dedicaron todo su esfuerzo en ver el modo de procurarle placentera coyunda, desechando unánimemente a las rameras del pueblo pues eran putas tan feas, arrugadas, desdentadas y viejas, y tan podridas se hallaban, que sólo podían mover a espanto y, en lugar de procurar remedio y cura, ser, como bien sabían por propia experiencia, causa de pesadillas y de contraer horribles purgaciones o todavía alguna enfermedad peor.
Por unos momentos, acariciaron la idea de desplazarse a la capital del estado en la que había, en aquellos tiempos, una canzonetista de tan notoria fama que se había extendido hasta los más apartados rincones del país, y de la que decían maravillas: ser gran beldad y, en extremo, cálida, gentil y conocedora de los secretos del corazón de los hombres que quedaban al punto irremisiblemente prendados de ella, hasta el punto de dilapidar por mantener su favor y trato auténticas fortunas. Pero, si bien no repararon en las penalidades de llevar a cabo tan ardua operación, pues la capital no distaba poco de allí y la susodicha dama, sin duda muy solicitada, no debiera ser fácil de abordar y exponerle el caso, hubieron de hacerlo necesariamente en su coste inabordable, pues tras algunas indagaciones, hallaron que era tal la cotización de la hetaira que ni haciendo colecta entre todos hubieran podido pagarla.
Dejando de lado a las públicas pues entre la diosa inabordable y el espanto de las brujas no parecía haber por aquellos lares término medio alguno, en aquel entonces al menos, comenzaron a pasar revista a las hembras del lugar y, desechando a ésta, porque era hija de uno y a aquella porque era sobrina o hermana de otro, y a ésta otra porque estaba casada y, aún siendo su marido consentido y cornudo, se hallaba presente y no parecía que lo hubiera aceptado de buen grado, pronto dieron con gran desencanto la vuelta a todas las mozas del lugar e incluso a alguna ya entradita en años pero de buen ver todavía y de seguro mejor palpar, sin que hubiera una sola que no tuviera hermanos, padre, hijos, tíos, abuelo o marido, y que pudiera exponerse sin menoscabo y deshonra de éstos a acto tan caritativo y lleno de buenas razones pero también tan público y notorio.
Y, en ello, un peruano muy gentil, llamado Casimiro, que había llegado hacía poco a la granja para habitar en ella con su familia y que era ya muy estimado por todos, pues a todos prestaba oídos a sus problemas, y si le era posible y de él dependía, también ayuda, pidiendo disculpas por la intromisión o por si no veían con agrado su propuesta, dijo tener que vendría que ni pintiparada para la ocasión que tal parecía, si no fuera por la índole del asunto, una borriquilla, de pelo gris, menudas orejas y grandes ojos, que era muy suave, delicada y dulce y que por entonces tenía su primer celo y a la que podrían, con tiempo, enjaezar muy lindamente y cubrirla de adornos, si es que al resto de los concurrentes les parecía oportuno
Y mandáronla traer, y al verla todos estallaron en risas y aplausos y hubo total acuerdo y gran alborozo y alegría pues, en verdad, era muy hermosa y tal como la había descrito Casimiro, parecíendoles a todos muy oportuno y de muy buen agüero que la joven burra no hubiera sido nunca hasta el momento montada. Y todos estuvieron de acuerdo en ir a celebrarlo con una copa y dar el asunto por zanjado.
3
Y, en gran secreto, dispusieron a la burra, lavándola cuidadosamente, primero, con estropajo, esponja y agua jabonosa de la que llenaron todo un barreño y, luego, peinándola con un cepillo de púas, haciéndole trenzas en las crines y cola. La ungieron con perfumes y aceites y la adornaron con borlas, cascabeles y pompones y todos los ornamentos y primores que se les iba a cada uno ocurriendo, de modo que, al final, tan bien dispuesta se hallaba, hubiera servido sin menoscabo de montura a una princesa.
Y otro grupo salió a la busca de Arcadio, so pretexto de que uno de ellos había tenido en la noche mellizos y había gran gozo, y que sería ofensa no alegrarse con él y beber unos vasos a su salud, la de la mujer parida y la de sus recién nacidos hijos. Y llegados a la taberna todo fueron risas y golpes en la espalda y ánimos y felicitaciones que tal parecía que Arcadio fuera el padre.
Y, pues todos estaban en el secreto, le ofrecían de beber cuidando de que no lo hiciera en exceso para no dejarlo mermado ni sin sentido, pero lo suficiente para alegrar el ánimo, eliminar sus inhibiciones y nublar sus posibles reservas. Y, aprovechando la fingida celebración, en aquella taberna en la que no hubo jamás nada que masticar ni llevarse a la boca, abundaban ahora las viandas, cangrejos, encurtidos y picantes y todo aquello que habían oído decir que calentaba a los hombres la líbido y el corazón, como si otra cosa fuera necesaria que moza placentera.
Y circularon de manos en manos, y misteriosamente siempre frente a las narices de Arcadio que fingía ignorarlas, algunas revistas ya muy amarillentas y gastadas en las que aparecían señoritas de carnes turgentes en ropa interior y aun algunas que llevaban los senos desnudos y braguitas tan sucintas que asomaba por ellas el vello del pubis. Y se entonaban, tatareándolas sin cesar, con voz de falsete, coplillas de doble sentido y tono subido; y, aquí y allá, circulaban, con gran regocijo de los oyentes, toda suerte de anécdotas e historias picantes que hacían -¡cómo no!- alusiones frecuentes a asuntos de faldas, al sexo y a la feliz coyunda. E incluso de modo increíble que consta ya para siempre en los anales de la población, la hija del tabernero, con las muchas reticencias de éste que no cedieron sino después de muchísimos ruegos, implorándole por ello, aludiendo a lo piadoso de los motivos, y encargale los gastos de la fiesta sin discutirle en nada el presupuesto, lucía para esta ocasión colorete, carmín rojo en los labios y ojos pintados de violeta, corpiño apretado, muy generoso escote y falda ceñida y ajustada que era auténtica gloria verla.
Y cuando pensaron que se había alcanzado el punto más álgido y que a partir entonces el ánimo no podía sino empezar a decaer, algunos que habían sido encargados de esta misión empezaron a dar grandes voces gritando que era ya hora de ir a casa del apócrifo padre con bandurrias y fanfarria y rendirle una visita bien merecida a la recién parida y a los mellizos, motivo del homenaje.
Y hacia allí, supuestamente, se dirigieron aunque en realidad se encaminaban al establo del señor Casimiro que permanecía en él aguardando que llegara la comitiva mientras iba diciéndole lindezas al oído y la acariciaba, tratando de calmar y a la vez de excitar a la burra. Y cuando llegaron y abrieron la puerta, encontraron a la borriquilla toda enjaezada y, si hemos de creer a algunos que lo comentaron luego asombrados, suspirando.
Sin entender bien lo que acontecía y creyéndola pesada pero inocente broma de borrachos o costumbre local de fiestas de bautizos e himeneos, Arcadio no tuvo tiempo apenas de pensar ni reparar en lo comprometido de la situación, pues antes de decir ni siquiera amén se hallaba con los calzones bajados y tomado entre dos a volandas que lo sostenían a horcajadas mientras otro lo mecía y empujaba, de modo que su sexo frotaba con el de la burra que empezaba ya a abrirse.
Y por más que gritaba que lo liberasen de inmediato, que dejaran de barbarizar, que tomaría venganza de todos y cada uno de ellos, que aquella era disposición vejante e indigna para un caballero, nadie hacia caso de sus gritos ni objeciones, y lo jaleaban, pues era ya evidente a todos que la irritación iba afectando, poco a poco, a partes más bajas que su pecho y que, pese a sus reiteradas y bien razonadas protestas, Arcadio iba como quien dice penetrando en el juego.
Y es así, como Arcadio halló piedad y placer y gozó de contacto con hembra. Así como halló su medida. Así como, por primera vez, se fundió en uno con el universo y perdió toda noción del tiempo y las cosas. Así cómo fue cediendo paulatinamente, hasta rendirse al fin, a su condición animal, y, ¡ay!, así también, como entre la vorágine de imágenes que se sucedían sin interrupción en su mente, en el último instante se vino a aposentar la de Amaranda para ocuparla por completo de modo que era a Amaranda a la que veía cuando Arcadio, en un último espasmo, descargaba.
Y hubo gran pesar y aflicción pues, nublada su mente, era incapaz de razonar y puesto que en ella se había satisfecho y en ella, en secreto, se gozó, en lo más hondo de su corazón una voz en su interior le decía que, a todos los efectos, la había violado.
Y al día siguiente, al amanecer, hallaron a Arcadio colgado de una viga, y a sus pies una carta de amor que por pudor silenciamos y que remitimos, sin dar cuenta de lo allí sucediera ni añadir por parte nuestra comentario alguno a Amaranda, de la que nada hemos sabido y a la que deseamos todo bien, pues este hubiera sido el deseo de Arcadio; un diario, del que callamos lo más, y sólo hemos tomado las notas necesarias para entender y dotar de sentido a la narración, y un legajo de papeles numerados y ordenados sobre el saber, uso y costumbres de gallos y gallinas que, en su totalidad, hemos transcrito.
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Elacabose
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