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Ediciones espuela de plata
Editorial renacimiento
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Historia de Arcadio
o
Tratado sobre el saber, usos y costumbres
de gallos y gallinas
Capítulo II
De como fue asistido por una vieja y del premio que ésta obtuvo. Arcadio reclama de modo insistente una señal y recibe un telegrama urgente.
1
Viendo venir derechos a su encuentro con caras de pocos amigos y señas de evidente e inexplicable enojo a tan forzudos mocetones, no pudo por menos Arcadio que inquietarse un poco, aunque sin llegar al punto de arrojar al aire los paquetes que portaba y echarse a correr en el sentido opuesto al que se acercaban los individuos, intentando poner tierra por medio, lo que, de todas formas, dado lo generoso de su figura y escasísima habilidad para tales menesteres, no habría podido lograr, ni aún contando para ello con el factor sorpresa, con el inconveniente añadido -así reflexionó para sus adentros- pues hemos de admitir que tal idea sí que llegó a rozar por unos instantes su mente, de ponerse, de proceder así, forzosamente, en ridículo.
Hombre sosegado y pacífico, incapaz de concebir que alguien pretendiera su mal y menos aún hasta el punto de llegar a agredirle gratuitamente en mitad mismo de la calle y a plena luz del día, aunque eso era justo lo que parecía, hizo de tripas corazón, dispuesto a hacerles frente. Así que, haciéndose cábalas para sí sobre las intenciones que pudieran traer, mas intentando no dar excesivas muestras de recelo, con tono un tanto desabrido que no supo del todo disimular, asintió cuando aquellos dos rústicos gañanes, malencarados quitándose las gorras, como gesto elemental de cortesía o, quizás, por que se vieran mejor sus ceños, le preguntaron, escupiendo sus palabras entre los dientes, si, por ventura, era Arcadio, su gracia.
Visto y no visto, antes de que pudiera hacer ni siquiera ademán de cubrirse, empezó a caer sobre Arcadio una lluvia de golpes con pies y manos, puñadas, mamporros y patadas tan precisos y oportunos, tan bien dirigidos, distribuidos, recios, viriles y variados, que es preciso admitir que cualquier observador imparcial no habría podido por menos que, amén de lamentarlos como hombre de bien y cristiano, aplaudirlos generosamente como buen deportista. Todo ello ejecutado en un santiamén con gran prontitud, profesionalidad y limpieza y, muy caballerosamente, sin proferir insulto vejatorio alguno al que tanto son dados los hombres de baja estofa y los truhanes de medio pelo y que tanto dificultan después las buenas relaciones entre los miembros de la contienda. Ninguna palabra grosera, ningún epíteto malsonante. Nada se dijo que pudiera zaherir ni humillar a nadie, si se exceptúa quizás, y pensamos que, en medio del fragor de la paliza, quizás no deba tomarse en consideración tal desliz, un “arráscate ésta, gordito”, que el más bajo de entrambos profirió en una ocasión entre dientes mientras le pateaba gozosamente las nalgas, y que al punto le reconvino el otro, de ánimo mucho más sereno.
Luego, culminada la tarea, cansados y sudando, pero visiblemente satisfechos, como dijo aquél autor que era razón sentirse con la obra bien hecha, cuando a su modesto juicio consideraron haberse ganado de sobra el jornal y tras vaciarle religiosamente los bolsillos, sin olvidar el de la faltriquera, por mostrarse fieles devotos a la tradición, pues todos los oficios poseen sus protocolos y no ganan buena fama quienes los desdeñan adrede u olvidan, para cumplimentar totalmente su tarea, siguiendo las instrucciones, le comunicaron al oído con discreción que tan hermosa paliza era cortesía de la muy bella, dulce e impar Amaranda que le rogaba encarecidamente que tomara de esto nota y en lo sucesivo, tuviera a bien no volverla a molestar.
2
Acertó a pasar por aquel lugar una vieja borracha, por extrañas circunstancias -pues era ya con mucho pasado el mediodía- en estado de lúcida y exasperada abstinencia, que respondía en ocasiones, cuando así era requerida, lo venía a escuchar y de ello venía a acordarse, al dulcísimo nombre de María.
Viendo a Arcadio postrado, magullado y sin sentido, tendido en mitad de la acera, y reparando por la calidad de sus vestimentas que parecía ser hombre desahogada posición del que podía esperarse algún menguado beneficio que viniera pronto a redimirle de tan extrema y angustiosa situación de serenidad, se dispuso a atenderle limpiando de sangre sus heridas, primero con un enorme pañuelo que sacó de su faltriquera, mudando la sangre por mugre, y, no bastando con éste, con sus propias enaguas. Miróle detenidamente, con prevención, tan malo era su aspecto, y no sabiendo como despertarle de su larga inconsciencia y careciendo de envase alguno en el que transportar un poco de agua de la próxima fuente, cuya ubicación exacta trataba por lo demás en vano de recordar, temiendo asimismo que aprovechando los momentos de ausencia, cualquier desaprensivo que pasase por aquellos parajes, si no aquel mismo patán de barba cerrada y enormes labios caídos, que finjíase dormido, le arrebatara su presa, optó por la heroica, se agachó en cuclillas, se arremangó hasta arriba las faldas y con hondo suspiro de satisfacción orinó largamente en la cara del desfallecido un líquido pútrido, gelatinoso, oscuro y fétido que, no obstante, prontamente mostró su eficacia.
Cargó animosamente como pudo con Arcadio, que se vencía a cada paso sobre ella, preguntóle por el lugar en que residía y, mal que bien, describiendo eses por el peso que portaba y por ser ésta su inveterada costumbre, consiguió arrastrarle hasta su casa. Llegado allí, ante la ausencia del servicio que le auxiliara, le quitó ella misma camisa y zapatos, lo recostó sobre una amplia cama con dosel, presidida por un crucifijo, y salió buscando la cocina que halló, tras abrir varias puertas al fondo del pasillo. Maldiciendo la costumbre de algunos de tener todo cerrado bajo llave, y diciéndose que así venían luego las desgracias, forzó la alacena con una maña y seguridad que nadie le hubiera atribuido valiéndose para ello, a modo de improvisada palanca, de una faca que bien hubiera valido para desollar un buey. Desechando por el momento una botella de vino añejo que guardó con tino bajo una de sus faldas, pues es ley de supervivencia guardar en la abundancia para cuando llegue la penuria, escogió otra que se hallaba casi por completo llena de ginebra de la que, para asegurarse mejor de su contenido, bebió a gollete larga y deleitosamente.
Volvió bamboleándose, en lo que tenía para sí como gracioso baile y excitante contorneo, con la botella a la mano, más que confortada al dormitorio, tomó un pequeño trago y oprimiendo con los dedos pulgar e índice las narices del moribundo, cuando éste se vio precisado a abrir la boca, tras dejarle respirar, acercó a ella la suya y no sin dejar de lamentar tal desperdicio, insufló toda la ginebra que guardaba al esófago de Arcadio con lo que éste despertó brusca y definitivamente, ahogándose y tosiendo.
¡Qué delicioso beso! -masculló la vieja- y segura ya de su restablecimiento, se puso a registrar con sumo cuidado los cajones de la mesilla de noche, de la cómoda contigua y del aparador del salón en busca de monedas, medallas, abalorios y cualquier otra fruslería que pudiera entenderse de algún valor; cogió, a modo de justo pago, pues era mujer muy pobre que no podía permitirse perder en vano el tiempo, de entre lo poco que pudo encontrar todo aquello que le plugo, y deshaciendóse en lindas reverencias y deseándole una pronta recuperación, marchóse diligente.
A las mismas puertas, un hombre de cerradas barbas y labios caídos, sin darle apenas tiempo de reparar en su presencia, le asestó alevosamente dos puñaladas y la despojó de todo lo que había tomado hacía unos instantes, mostrándose de este modo la providencia divina, pues es bien seguro que si aquella vieja hubiese ido en búsqueda de la fuente, Arcadio habría fallecido en manos de aquel villano y nada de lo que sucedió habría sucedido.
3
Tras algunos días de intensivos cuidados y reposo, sanaron por completo los hematomas y heridas sin dejar secuela alguna excepto una leve cojera apenas perceptible para los más avisados y que, en aquellos casos, era atribuida a estrafalaria coquetería de un hombre maduro más que a una dolencia o defecto físico.
Pero como suele suceder a menudo las heridas del alma tardaron más tiempo en cicatrizar, si es que, en verdad, lo llegaron a hacer algún día. Diose nuestro protagonista por encerrarse en habitáculos apartados y de muy difícil acceso, con escasa o nula ventilación, en los que no encendía ni una sola vela, abandonándose allí a sombrías y largas meditaciones que a ningún lado llevaban, sino a salir, al cabo de las horas, más triste y necio.
De los estados de la mayor atonía, sin causa aparente alguna, pasaba a otros de febril agitación, fustigando a su paso todo lo que hallaba en su camino, lamentándose de su suerte hasta llegar a volver locas a las mismísimas ratas que, expertas como son en olisquear la inminencia del naufragio, huían en tromba de aquel que había sido su habitáculo y su refugio, dejando con ello admirados y haciéndose cruces al personal de servicio que contemplaban atónitos la fuga, y que después de haber estado durante toda su vida luchando contra ellas a brazo partido, del modo más incomprensible, en lugar de entonar oratorios y cantos de triunfo por su inesperada victoria, tomaban muy a mal su alevosa deserción.
En cuestión de semanas, siervos que, ciertamente, tenían gran devoción y estima a su amo, le robaban sin reparos, a manos llenas, pues era evidente para aquellas mentes sencillas pero rebosantes de sentido común que, habiendo perdido Arcadio el seso y la razón, que a nadie hacía provecho y nadie le disputaba, era forzoso que perdiera también, más pronto que tarde su hacienda que todos habían de ambicionar. Y, siendo así -argüían- quiénes mejor que ellos mismos, antes que ningún extraño, para apropiarse de las migajas que antes limpiaban de su mesa.
Ajeno a estas insidias, Arcadio seguía encerrado en su particular mundo, en el que no había lugar a minucias. De repente se le hacía insoportable la permanencia en la mansión y había de salir de ésta corriendo a trompicones, taciturno y gacha la cabeza, malencarado, desarrapado y haciendo vana ostentación de su abandono por ver si en un golpe de suerte se topaba con su amada y reparaba ella en su lastimero estado, punto en el cual -razonaba ilusoriamente Arcadio- no tendría más remedio que apiadarse de su sino. Mas apenas recorrido unas pocas manzanas, se arrepentía de súbito y volvía sobre sus pasos al instante, más presto si cabe que había salido, pues bien pudiera ser que, mientras él holgaba de manera desafortunada por parajes y caminos, ella hubiese recapacitado, enviándole a casa algún esperanzador mensaje.
Insomne e inapetente, pasaba días enteros sin comer y, cuando a regañadientes, por ahorrarse los sermones, algún bocado probaba, sólo lo hacía con hastío y muy frugalmente de modo que poco o nada le venían a aprovechar. Así, debilitado en cuerpo y espíritu, propicia presa de quimeras y delirios, como es harto frecuente en estos casos, abandonóse sin remedio a lecturas peligrosas y amargas de las que obtuvo sólo, como cualquier persona en sus cabales podría haberle anticipado, escasa distracción para sus males, escaso saber, nulo consuelo, y locas y disparatadas ideas. Y lo que fue peor, arrastrado por tan nefando vicio, a perpetrar poemas que de modo extraño devenían tanto y tanto más dulces cuanto más desabrida la vida y desconsolado el corazón.
Y llegó al fin el día en que, comprendiendo que nada tenía remedio ya, que ninguna carta nueva en el tapete cambiaría el rumbo de la partida, se dispuso a escribir una larga misiva a su amada, para comunicarle entre lágrimas, quejas y protestas de afecto que, no pudiendo vivir por más tiempo en tal estado de humillación y dolor, se disponía a suicidarse. Luego, con gran ceremonia, sacó de un cajón de su escritorio una vieja pistola que guardaba desde hacía años y que había pertenecido a un lejano pariente suyo, militar de profesión, la limpió, la montó cuidadosamente y, pidiendo a los cielos, si es que no le pluguía tal acción, una señal en contra, se la llevó a la sien, y se dispuso a disparar.
Y estando en ello, aporreando con furia la puerta, apareció un ángel cetrino con poblado entrecejo y tupido bigote portando el muy gallardo uniforme de los correos de su majestad que dijo traer un telegrama urgente proveniente de las Américas.
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Elacabose
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