info@elacabose.net • Guillermo López Lacomba 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ACABÓSE   

 Publicación periódica

con gacetilla literaria

 

 

                              

 

  

 

 

 

 Ediciones espuela de plata

 Editorial renacimiento

 www.editorialrenacimiento.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

          

 

 

 

Donde se discute la mejor forma para los huevos. De cómo  vino a frustrarse una experiencia que podría haber reportado gran beneficio a la humanidad .

                                                           

                                                                        

1      

          Sabia criatura es quien se encuentra presta a cualquier mudanza y no se aferra a verdad alguna dándola por definitiva a toda ultranza. Así, se dio en cierto tiempo por afirmar, primero en tertulias de vagos y ociosos que tanto abundaban por aquellos pagos, y luego por quienes habían cumplidas responsabilidades y potestad en tales cuestiones, que las gallina a la sazón y, si mucho les apuraban, tampoco nunca antaño, sabían ni habían sabido poner huevos y, aún menos si cabe, empollarlos, siendo gran locura y negligencia que rayaba en lo criminal dejar tal labor a las llamadas gallinas cluecas, afirmaciones que, si bien no llegaron a concitar airadas protestas y polémicas encendidas de los así aludidos, que bien hubiera podido sentirse agraviados, no dejaron de provocar la admiración general y la sorpresa de muchos pues que todos creían hasta el momento haber nacido de uno de ellos.

          Argüían, lamentándose de ello, que los huevos, lejos de evolucionar según los tiempos y costumbres, seguían a dichas alturas siendo aovados y no, como debieran ser, esféricos, forma cabal y perfectísima dotada de multitud de propiedades y que, amen de la posibilidad de efectuar medidos cálculos de volumen para atender a su clasificación, mérito y almacenaje, permitiría fabricar el huevo con exactamente el mismísimo tamaño, correspondiéndole una mínima cantidad de cáscara lo que habría de reportar un gran ahorro pues ésta era material costoso, abundante en otros tiempos cuando había unas pocas gallinas en un corral e imposible ahora de encontrar cuando se amontonaban por miles en los pabellones, y que además, a la postre, sólo servía de desperdicio. A todo ello habría de añadirse la inestimable ventaja de aparecer ante el mundo con una nueva imagen, cosa que en aquellos tiempos que corrían -dijeron- lo era todo. Y concluían su alegato reprochando a las gallinas que eso de sentarse bobamente sobre los huevos para incubarlos, como venía haciéndose desde tiempo inmemorial, a más de ser antihigiénico y una gran ordinariez, suponía una pérdida de tiempo irreparable.

          Objetaron algunos con timidez, viéndose de enseguida que hablaban por hablar y sin convencimiento, que huevos de tal forma pudieran provocar daños irreversibles en esfínteres y cloacas pues, obviamente, habrían de ensancharse más y de modo más brusco; y que además, siendo redondos, es de razón que habrían de rodar más fácilmente pudiendo ser ésta causa de innúmeras y fatales roturas, y que, si no, al empollarlos, éstas se producirían con mucha más facilidad y frecuencia de no tener mucho cuidado en ello, y aun teniéndolo, pues es de sobra sabido por todos, desde ha tiempo, que el ovoide, si bien es forma asaz extravagante, soporta notoriamente mejor que cualquier otra el peso de las gallinas.

          Aquellos fútiles argumentos, tan desventurados y torpemente expuestos, fueron de inmediato desechados, escarnecidos y reducidos a la nada, por el novedoso método, más práctico y eficaz que el antiguo, de denigrar a los que esgrimían estas razones, en lugar de refutarlas con razones de mayor calado y peso, y confrontar con la contumacia de los hechos la teoría. Y así, fueron tachadas de inmediato de inconsistentes, vacuas, romas, demagógicas, dogmáticas y convenidas, las objeciones, y a los que las sostenían mirados con displicencia y acusados abiertamente de mostrencos; de hallarse anclados en el pasado; de ser gente conflictiva y miope, reaccionarios, inmovilistas y enemigos de todo progreso.

          Pues ciertamente era mucho el tiempo que se llevaba dando vueltas a la espinosa cuestión de las Hensschool y los polémicos cursos de ponedoras, y era opinión muy extendida por quienes habían necesidad del favor de las gentes, que los méritos de las jóvenes gallinas no eran ciertamente reconocidos en toda su valía. Que éstas precisaban en la actualidad de mayor solaz y diversión y toda clase de consideraciones. Que, para mal o para bien, habían mudado las costumbres y no habiendo éstas interés, poco ni mucho, en poner huevos, debían ser a ello convenientemente estimuladas, tal como a las vacas que hallan escasas penas ni dificultad en dar su leche, mientras que, por contra, no era extraño, ver a las polluelos sufrir terrible ansiedad y tristeza, no debiendo atribuirse ello a las exageradas e ilusorias expectativas creadas por los mercaderes ni a pasajeras mudanzas de ánimo ni, tampoco, a conflictos con padres, tías o amigos y menos aún a contrariedades sentimentales y amores no correspondidos, sino más bien y seguramente a lo árido de sus tareas y a la fiereza de los maestros.

          Respondían a ello, los monitores, cada vez más corridos y a la defensiva, que se decía muy pronto eso de estimular a las vacas, seres torpes y mamíferos, pero que ahí quisieran ver a los que los denigraban realizando lo propio con los avisados polluelos. Que era claro a todo el que no fuera ciego yal que lo quisiera ver que más holganza sólo habría de traer más holgazanes, incapaces no ya de poner huevos sino de efectuar tarea alguna, y que éste su oficio era el único, al menos por ellos conocido, en el que, lo que le daban al otro, a saber: una bonita placa de barro en el que se estampaba la huella de la pata del maestro y la del gerifalte de turno, nada venía a detraerles a ellos mismos de sus haberes ni pertenencias, suponiendo, por el contrario, duplicar trabajo y esfuerzo cada vez que lo denegaban, pues habían de seguir a rastras bregando con el mastuerzo, siendo evidente que cuando así procedían es porque así se veían obligados, pues eran muchas las gallinas que, a la sazón, confundían el cacarear con poner huevos.

          Mas señalaron entonces, graves, los próceres, poniendo con tal argumento fin a toda discusión posible, tornada ya inoportuna y superflua, que era notorio que muchas gallinas, bien por la edad, demasiado jóvenes o viejas, bien por no lograr ser cubiertas por gallo alguno, no lograban poner huevos lo que constituía personal y socialmente un gran desastre. Y aún más, la mitad de las gallináceas, todas las del género masculino, habían mostrado reiteradamente ser incapaces de poner huevos grandes ni pequeños, lo que, a más de provocar frustraciones en algunos de los afectados, lo que ya de por sí era grave asunto, constituía una discriminación intolerable, y era fuente de conflictos y causa de separación y divorcio entre gallos y gallinas.

 

 

                                                      2

 

Y dispuestos a hacer las cosas de modo inobjetable, para contento de los más y abundancia de todos, pues felizmente y por haber hasta meriendas opíparas hubo, se organizaron con una desacostumbrada eficacia y presteza que a muchos sorprendió y, si se exceptúa quizás algún gallo que no había placer sino en mear fuera de tiesto, todos a una aplaudieron unos cursillos acelerados sobre las nuevos requerimientos y necesidades en la puesta de huevos, y sobre la manera más oportuna de llevar a cabo la tarea, si bien, hemos de admitirlo, se insistió algo menos de lo que algunos hubieran deseado en este último punto, teniéndolo por obvio. De modo. Advirtieron, que a su conclusión hubieran de entrar, necesariamente, en razón los críticos más recalcitrantes y hallarse iluminados, los más obtusos.

          Circunspectos, con el ceño fruncido se paseaban por los pasillos, departiendo entre sí los ponentes, seres de excepcional condición y mérito, que pese a no haberse sentado nunca o haber dejado ha tiempo ya los ponederos, o quizás gracias a ello, pues habían tenido ocasión de lograr más amplias perspectivas y tiempo cumplido y sobrado para reflexionar larga y dilatadamente, maravillaban a propios y extraños amaestrando a los maestros en la virtud y arte de cómo amaestrar a poner huevos.

          Hubo allí con profusión de todo y para los más variados gustos: historia sagrada, hagiografías, cuentos a la carta: con y sin moraleja, jaculatorias, adivinanzas, juegos y estampitas. Hubo algún apóstata y mil conversos. Hubo severas llamadas al orden, falsos ruegos que, desdeñados, se tornaban de enseguida destemplados requerimientos. Hubo plantes, deserciones, asonadas, y socarronas ironías. Hubo glorioso desfile de mercaderes y tenderos, sin que nadie, ¡ay!, osara en esta ocasión sacar el látigo. Hubo oradores y profusas explicaciones de cómo era luminosa la mañana y oscura la noche y cómo había de ser blanca la clara y amarilla la yema.

          Hubo, en sobremanera, referencias a la opinión de los sabios y a trabajos oscuros y semi clandestinos de un tal doctor Miguele llevados a cabo en un geriátrico de patos, y que eran nombrados en voz baja y tenidos como mítica guía. Hubo llamadas sin fin a argumentos de autoridad para salir de bretes comprometidos y abstrusas polémicas. Entre gallos adultos y sesudos, hubo, pues es ley universal que así acontezca, multitud de iluminados por la fe, adalides del sol que mas calienta, arribistas pasados de rosca, trepas, tunos y cazurros, todos exponiendo no ya dudosos pareceres sino, a su entender, irrebatibles conclusiones, pues mientras es común la opinión de que debe tenerse gran cuidado en erradicar cualquier dogmatismo en las ciencias, cunde en contrapartida en justísimo equilibrio, afirmaciones más contundentes y opiniones cada vez más radicales y rotundas en la medicina recreativa, diseño de interiores y jardines, economía y bolsa, ecología, psicología, pedagogía y multitud de disciplinas que consideran hechos que han acontecido en concurrencia de  miles de cientos de variables no controladas, y ni aún siquiera señaladas, medidas, clasificadas y tabuladas, como verdades incontrovertibles, estimando cualquier intento de ponerlas ya sólo en cuestión, como mala fe, resabios de viejo y penosa herejía.

          Fueron debatiéndose muchísimas y variadas cuestiones: si tal inferencia era de razón o de necesidad; qué cosas habían de considerarse causas y cuáles motivos, cuáles efectos y cuáles consecuencias; si conviniera seguir al lunes el viernes, de quién era el célebre ojo y si era paja o viga lo que en él había y sobre todo si se debiera prolongar un poco la hora del café. Y de aquel magma riquísimo que seguramente habría llegado a alimentar en el futuro una docena de nutridas enciclopedias pero que, por el momento, resultaba materia demasiado viscosa para fluir y amenazaba ahogar a quien hubiera la boca demasiado tiempo abierta, empezaron a emerger, por su propio empuje algunas pocas pero muy felices ideas que ellas solas habrían bastado sobradamente para justificar aquel batiburrillo: la primera era que había que lograr, dejando el hecho concluso libre ya de toda polémica ni discusión, que los huevos fuesen a toda costa redondos.

          A tal efecto se seguiría el siguiente e infalible método: la gallina pondría un huevo y el monitor dibujaría un círculo, comparando ambos. Es de razón que el primer huevo no fuera enteramente esférico y que el circulo trazado no fuera totalmente redondo de modo que admitiendo un error en ambos, el monitor dibujaría un nuevo círculo tomando como referencia el huevo y la gallina intentaría en la próxima puesta que el siguiente huevo se asemejase más al nuevo circulo trazado. Es evidente que de este ingeniosísimo modo, tras suficiente número de pruebas y aproximaciones, al final huevo y dibujo habrían de coincidir del todo obteniendose así huevos perfectamente esféricos.

          El segundo principio, éste de imperativo moral, consistía en que todos, tenían derecho inalienable a poner huevos y a ello debían ser estimulados y conducidos, fuera cual fuera su sexo, disposición y deseos al respecto, pues siendo ésta verdad universal e incontrovertible, así habría de percibirlo también los polluelos, pese a alguna duda y momentánea ofuscación que se iría oportunamente disipando como la bruma, quizás tan sólo con un poco más de ala izquierda y de gracejo de los docentes.

          La tercera y, de entre todas, la más fundamental, si es que en tan relevantes directrices tiene cabida esta distinción, era que, para evitar inoportunos desánimos y fracasos, fueran considerados a todo efecto huevos, aquello que emergiera de los culos de pollos y gallinas y contabilizarse por tanto como tales las cagarrutas que hubieran sido amasadas en bolas de más de cuatro centímetros de diámetro -en este punto se mantendrían del todo inflexibles- siempre y cuando fueran cubiertas, con antelación, convenientemente de cal.

                                       

 

3

          Se pusieron en marcha las disposiciones dictadas para satisfacción de padres y prebostes, por fin en paz y armonía con ellos y con sus retoños pues para que algo vaya bien, nadie precisa bondad alguna sino sólo el que vengan todas las instancias oficiales a certificarlo. Y si es verdad que nunca se vio jamás un huevo que fuese redondo, los hubieron de todas las tonalidades y colores.

          Pronto descubrieron las gallinas que era con mucho más oportuno y cómodo y menos traumático recubrir de cal las heces, que de todos modos producían a diario, y en más de una ocasión, si había sido abundante la pitanza, que poner huevos. Ocurría además que muchos pollos que no habían otro modo de proceder, venían con frecuencia a recibir los plácemes y encomiendas que hasta entonces eran privativos de algunas gallinas y no habiendo éstas, debido a la disparidad de tamaños, manera de competir limpiamente, heridas en su vanidad y nunca suficientemente satisfechas de halagos, también ellas se pasaron a tan conveniente método. Se acabó el ponerse rojas y aún moradas del esfuerzo. Se acabaron taquicardias, ahogos y arritmias. Se terminaron para siempre los jadeos y los espasmos, los atascos y dolores de parto. Por todas partes se veían ahora pollastres y gallinas amasando artísticamente bolindres de mierda y, algunas, hallándose estreñidas, aun cagallones de burra de cal recubrieron.

          Mas ardua se hace cualquier tarea y, pronto, muchas fueron amasadas sin cuidado y de cualquier manera pues alegaban los polluelos que no tenían tiempo material para hacerlo con más primor; que eran muchas sus ocupaciones y poco el solaz que gozaban; que la materia prima carecía de la apropiada consistencia y plasticidad, seguramente debido a la mala calidad de las aguas del lugar. Que empezaba a escasear la cal por doquiera y agotábanse a ojos vista la de las paredes de las tapias que eran ya puros desconchones, y que no habían de ser precisamente ellos los que buscaran solución a tal problema. Que el haber de usar cal para recubrirlos les parecía medida arbitraria e inoportuna y no veían razón por la qué no habría de valer pintura de cualquier otra calidad y color pues es notorio que, desde siempre, existían huevos pintos y tostados, y que habían descubierto en un cobertizo cercano grandes bidones llenos de esmaltes y barnices lo que vendría a solucionar prontamente la cuestión. Que, en ese caso, si no sería posible disponer los huebos en hilera y pintarlos con rodillo y spray que habían visto usar y les parecía a todos tarea mucho más fácil y divertida. Que se hallaban del todo rendidos y no daban abasto. Que entre ellos cundía cada vez más la depresión y el desaliento. Y, sobre todo si, al igual que los combless, no podría habilitarse, y en ese caso cuándo y porqué no ya, dilatados periodos de vacaciones.

          Como era fatal que sucediera, hubieron finalmente de advertir los peones de la hacienda, asombrados, lo que allí sucedía. Perplejos, veían las tapias picoteadas y llenas de menudos agujeros que, nada más reparadas y pintadas de nuevo, no transcurridas siquiera veinticuatro horas volvían a recobrar su anterior aspecto. Reinaba por todas partes el caos y el desorden, tumultos y reyertas; gallinas que ciegas de amor, en súbitos ataques de instinto maternal, no habiendo polluelos a su alcance, adoptaban palomos y patitos; corría un hedor insoportable en los patios, y toda la granja se encontraba llena de ponederos vacíos, gallos cloqueando y huevos vanos de estiércol.

          Descendió la producción hasta mínimos alarmantes y, en lenta lluvia que todo lo calaba, empezaron a sobrevenir las quejas de las cadenas alimenticias y clientes pues sobre las burdas imitaciones que eran las más, aprendieron algunas taimadas gallinas a recubrir su cacas de inmaculada cal con tanto primor, que ocurría con frecuencia que dieran a los controladores que las envasaban gato por liebre, colando como uno más los falsos huevos. Después de tomarlo primeramente a chanza como una anécdota chusca y divertida, comenzó una campaña de denuncia en toda regla, publicándose día sí y otro también, gacetillas y malintencionados artículos de opinión haciéndose eco del asunto, así como cartas furibundas de los consumidores. Comenzaron a llover las demandas en los tribunales, y hasta la Sanidad Pública, siempre tarda y remisa para obrar, comenzó a meter en el asunto las narices.

          Se reunieron asalariados y amo buscando hallar algún remedio a tal situación o encontrar algún antecedente que pudiera servirle de norte, sin alumbrar una sola idea que mereciera ser considerada ni llegar a un punto de acuerdo. Visto que nada concluían y que la situación se hacía cada vez más insostenible, acordaron interrogar a una vieja mucama que tenían todos por medio adivina y poseer artes de bruja. Ésta se recogió las sayas, ventoseó ruidosamente, lo que fue admitido sin protestas, parte por temor, y parte porque, legos en la materia, pudieran pensar que ello formaba parte del rito, y luego tras coger una gallina, rebanarle el cuello y verter su sangre en un plato, dibujó en el aire tres cruces y bebió de ella. Dejó pasar un breve tiempo haciendo ver que meditaba y luego, con voz que parecía venir de ultratumba y no proceder de ella misma, diagnosticó que las gallinas habían mal de ojo. Que cierto dios de nombre impronunciable se hallaba colérico y traviscornado y que la única forma segura de calmarle, era la de inmolarle una doncella, preferentemente, la hija menor del patrón.

          Como quiera que éste quería mucho a su hija, despidió a la vieja, considerando seriamente la posibilidad de mandar propinarle una somanta de azotes, y renunciando finalmente a ello por miedo a que hubiera auténticos poderes y empeorar la situación. Y, pues no había otro remedio, mandó llamar al veterinario.

          Se presentó éste, enteco, cerúleo, macilento y calvo, todo pulcro, ataviado con una bata de inmaculada blancura, gruesos lentes y un maletín negro acharolado lleno de mataduras, acompañado de un ayudante que trabajaban con él desde hacía tiempo y que conocía sus intenciones y gustos nada más miralo. Escuchó en silencio cuanto habían de decirle, tomando nota mental de ello, observó las paredes con los ojos bien abiertos pero sin mostrar el más mínimo asombro, mientras distraídamente se detenía acá y allá tomando muestras con unas pinzas.

          Luego se dirigió a las heces escogiendo de entre ellas, algunas que se hallaban vírgenes de toda manipulación y otras recién amasadas, rechazando muchas de las que se le ofrecían, denegando entonces con la cabeza y lanzando pequeños chasquidos de desaprobación. Luego, con sumo cuidado, las etiquetó y las dispuso en unas cajitas que, a tal efecto, llevaba y que, de primorosas, daba un poco de pena verlas así mancilladas.

          En un gran barreño introdujo a un gallo de rojo plumaje muy crecido, que había sido visto en más de una ocasión por los peones amasando y empollando falsos huevos, ordenando a su ayudante que lo mantuviera pacientemente en el lebrillo sin dejarlo salir de él y obligándole de beber a intervalos agua con un biberón hasta lograr recoger, al menos, un cuartillo de su orina.

          Finalmente introdujo las manos en unos guantes de fino caucho, extrajo media jeringa de sangre del cuello de una de las gallinas que se alejó tambaleándose, lanzando votos contra los vampiros, y tomando otra menos afortunada todavía, con el bisturí, la abrió en dos de un solo tajo, extrayendo de ella los hígados y el corazón, que fue disponiendo en trozos en sendas cajas.

          Se despidió de toda la concurrencia con gran ceremonia, diciendo que había ya formado opinión, sin querer ser alarmista, nada halagüeña por cierto, pero que, para mayor seguridad y precaución, en asunto que parecía tan grave, se llevaba las muestras a su laboratorio para allí efectuar los oportunos análisis. Y que en breve, tan pronto como fuera posible, mandaría con alguno de sus ayudantes resultados, instrucciones y minuta.       

          Y, efectivamente, cumpliéndose el tercer día, llegó una nota del veterinario, informando que las gallinas se hallaban invadidas por un extraño virus que interesaba al cerebro, causa de sus excentricidades y disparato proceder, y a sus órganos sexuales lo que les incapacitaba para la reproducción a la vez que les producía una gran pérdida de calcio razón sin duda de que se pasaran gran parte del día picoteando paredes. Y que para atajar el mal no había otro remedio que sacrificar e incinerar todos los gallos que dieran muestras de padecer la enfermedad y aun los que se tuvieran alguna sospecha de haberlo contraído, pues el virus en cuestión no podía ser combatido de otra forma y era extremadamente contagioso.

          Miró el hacendado a su hijita y luego a las gallinas y si hubo atisbo de duda, podemos bien afirmar que ni un momento duró y nunca de ello se supo. Cerró los ojos y, resignadamente, dijo: hágase. Y casi la totalidad de los gallos y millares, de gallinas fueron, de este modo inmoladas al dios de la medicina.

          Y, así con un lamentable malentendido concluyó esta preciosa experiencia que podría haber cambiado la faz del mundo. Pues si bien no es prudente que los que se hallan al servicio de otros seres inicien experimentos, pues juguetes de los amos son y de sus designios, no en otro punto residió su error, pues en todo lo demás, conceptos y procedimiento se nos antoja en todo admirables. Y así, a bote pronto, se nos ocurre que medidas similares, oportunamente meditadas, siguiendo tal filosofía, podría paliar, si no acabar con grandes problemas. ¿Qué razones puede haber, sino cicatería e insano orgullo para no establecer la altura media de los varones en metro cincuenta evitando así que muchos hayan pesar, problemas de conducta y gran sufrimiento por creerse bajitos? ¿Para cuándo la proclamación de la hermandad de los pueblos para acabar con las guerras y convertirlas, si acaso, en riña entre hermanos? ¿Por qué no, y con ello acabamos, reducir de inmediato la dieta mínima de supervivencia de 2600 a 500 calorías acábandose para siempre con esas bolsas de hambruna que asolan a países y aún continentes enteros constituyendo una vergüenza para todos lo hombres y todos los países de la tierra?  Pues es de razón que si la gente ha de morir, pues morir al cabo habremos, al menos, de este modo, no lo harían de hambre.

 

 

 

 

 

 

 

 Elacabose       

 

 

Historia  ...