info@elacabose.net • Guillermo López Lacomba 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ACABÓSE   

 Publicación periódica

con gacetilla literaria

 

 

                              

 

  

 

 

 

 Ediciones espuela de plata

 Editorial renacimiento

 www.editorialrenacimiento.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Historia   de   Arcadio

 

o

 

Tratado   sobre  el   saber, usos  y  costumbres

de   gallos   y   gallinas

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO

 

 

        

        Ésta es obra que, sobre las muchas maravillas y hechos portentosos que para enseñanza de los más avisados y pasmo de los simples vendremos a relatar, pretende ser sólo crónica fehaciente y fiel de unos sucesos que bien pudieran, de llegar a adecuadas manos, marcar un hito en la historia y ser de inestimable valor para el devenir de la ciencia. Escrita pobremente al estilo de éstas, despoblada ex profeso de florilegios y adornos que en obramás frívola daríanle gracia y lustre pero que en tratado de esta índole no sería sino torpe impedimenta, si algún mérito hemos de conferir a estos poco más que cuadernos de campo es, a nuestro juicio, el de servir de consuelo, aun pobre, a quien se duele mostrándole cómo la desdicha humana responde algunas veces a tan inescrutables planes y tan altísimos designios que es locura imprecarla y abominar de ella.   

        Y siendo verdad que el entendimiento del hombre poco alcanza, limitémonos a levantar serena acta de aquello que por gracia o por azar ha llegado a nuestro conocimiento, sin demandar explicaciones ni emitir vanos juicios.

                                           

                                         

       

 

 

       

 

CAPÍTULO  I

 

 

 

Donde se presenta a Arcadio y a la hermosísima Amaranda. Sortilegios de amor. Desvelos  de  una  madre.   

                              

 

 

 

 

                  1               

 

    Y aconteció un día del que no guardamos más memoria, pues amaneció sin guiños ni alharacas que pudieran servir de referencia, que Arcadio, a la sazón un rubicundo varón ya entrado en años, de buen talante y conformar y poco curtido en los negocios de la vida, mediana estatura, tendiendo a una gozosa obesidad, por no decir abiertamente gordo, de pálida piel, pronta a sonrojarse, barbilampiño y algo mofletudo, cabello rizoso, oscuro, abundante y encrespado que empezaba por ciertos lados incipientemente a canear, sonrisa desvalida, mentón huidizo y ojos negros cubiertos de antiparras que apenas velaban su tristeza, vino a conocer en buena o mala hora, pues ésta es ardua cuestión para la que ni él mismo halló nunca respuesta, a la más hermosa de las doncellas: una linda damita, de nombre Amaranda, de apenas dieciséis años de edad, bien proporcionada, ojos grandes de un azul intenso, negrísimos y cortos cabellos que gustaba de llevar siempre mojados, demasiada desenvoltura para su corta edad, armoniosos y gráciles ademanes, paso raudo y leve de gacela, fino talle, nariz perfecta y graciosa, pícara sonrisa y escasas luces, de la que se vino pronto perdidamente a enamorar.

     Tras maravillarse de que el azar hubiese obrado con tal destreza y tino, y tanta deferencia para él, que nunca había sido su servidor ni acólito, escogiendo de entre tantos y tantos millones de seres, desperdigados aquí y allá por todo el orbe, a aquella espléndida hembra, aquella bellísima mujer que casaba tan perfectísimamente con su gusto, trayéndola a su lado dulce y gozosamente en momento tan oportuno, vio en ello, si no la misma mano de los dioses que, benevolentes, se placían en derramar sobre él a manos llenas sus mercedes, sí al menos la del destino, sin reparar -pobre necio- que, de vaca o de camella, cuando el cazo se halla el suficiente tiempo en contacto con la lumbre, la leche acaba siempre por bosarse.

     Derrotado ya Copérnico, abjurado de su nefando error Galileo, de nuevo el sol y todo el universo volvió a girar de modo armonioso sobre la tierra, en concreto, sobre la villa de San Juan de la Estanquera, pedanía de Valdelmonte y, de modo especial y muy atinadamente, alrededor de la hermosísima Amaranda.

      

 

 

2

 

      Quiere la naturaleza que el osezno ejercite su zarpazo certero y su abrazo mortal, de los que luego habrá necesidad para su supervivencia, fingiendo crueles luchas con sus hermanos de camada, y que la hija del hombre ejercite sus artes de seducción sobre todo varón a su alcance por igual motivo. Así, siguiendo los dictados de tan principal maestra y valedora, inocente al cabo, pues no es de ley que el siervo enmiende la plana a su señor, al reparar Amaranda en Arcadio y tras cerciorarse enseguida de que éste también lo había hecho más que cumplidamente en ella y ciertamente en sus senos breves y su poderosa grupa, puso a ensayo todo su amplio surtido de encantos y zalemas. Cuando creyó llegada la ocasión, mostró cortedad y desenvoltura, desvalimiento y osadía, todo en turnos, y aun a la vez, pues éste es arte que dominan a la perfección todas las damas. Anegó de lágrimas sus bellísimos ojos de modo que fuera imposible no recabar y perderse en ellos. Melosa, solicitó apoyo y ayuda para lo que para era más que evidente que se bastaba ella sola de modo sobrado. Contó dulcísimas historias y anécdotas, aventuras infantiles y, por qué no, también futesas, chismes, vanidades y extravagancias, mas supo callar, dolorida y enigmáticamente, en el momento oportuno; se quejó de injusto trato, de ser víctima del desamparo y la desidia, de esforzarse en vano y para nada  y no haber jamás solaz alguno; se deshizo en mohines y melindres, enrojeció, azaróse y demudó la color, sonrió, perdióse en ensoñaciones, puso hociquitos encantadores y frunció terrible el ceño; y, sobre todo, como dicen que ocurre con el Guadiana o las afamadas fuentes del Nilo, por motivos que nunca hubo forma de llegar a conocer o por un prodigioso dominio intuitivo de cálculo, apareció y desapareció de modo siempre oportuno tantas veces y tan de pronto de su alcance y su vista, que Arcadio, enfermo de ansiedad y desconcertado, no hubo ya otra opción sino la de enviar al infierno a tan linda dama o, rendido, prendarse hasta la médula de ella. Y, en esta tesitura, aunque su mente le aconsejaba vivamente lo primero, optó por lo último arriando complacido todas sus banderas.

      Gozaba Arcadio, en virtud de un oscuro cargo, no se sabe en qué modo adquirido, de la potestad de otorgar a su antojo algunas pequeñas pero, al parecer, golosas prebendas tales como la de autorizar a quien fuera de su agrado a pasear en solitario, al caer los últimos rayos de sol, por los jardines cerrados al público, o la de permitir a su arbitrio, por muy controvertidas y dudosas que fueran las condiciones que para ello mostrase, entrar a formar parte del coro local, círculo extremadamente escogido, al que muchos pretendían y al que accedían muy pocos y que, en aquel entonces gozaba de muy ganada fama pues cantaba bellísimas canciones, ante el admirado alborozo de los fieles que asistían engalanados en masa a sus actuaciones en fiestas señaladas tales como la Navidad, la Epifanía y la Ascensión de Nuestra Señora.

      Y sobre todo, con mucho lo más importante, era capaz, cuando ponía su empeño, de proporcionar alguna invitación, oportunamente traspapelada o perdida, a los festejos y bailes que celebraban periódicamente en su mansión los señores de Valdemonte, muy famosos y celebrados en la comarca entera, y que otorgaban a quienes tenían el honor y oportunidad de acudir a ellos un sello indeleble de distinción entre todos los vecinos. Así, gozando a menudo de tales regalías, algunas veces, quizás las menos, por vano deseo de las mismas y, otras muchas, por probar su poder sobre Arcadio, buscaba Amaranda al principio su trato, no pudiendo por menos que sentirse halagada por las mil deferencias de las que era objeto.

      Todo ello, y quizás la falta inmediata de perspectivas mejores, hizo que la situación se prolongara durante más tiempo del esperado y, desde luego, más del que hubiera sido discreto; mas al cabo, como tenía que suceder, perdióse la novedad, volvieron las aguas a los cauces de antaño y cansóse súbitamente la moza del devaneo, advirtiendo entonces por primera vez, sorprendida e irritada, que los juegos no venían siempre a durar según sus gustos. Unióse a ello el vivísimo y quizás no injustificado temor a encontrarse ya en el punto de mira de algunas de sus compañeras que podrían haber reparado en amistad tan estrambótica y singular, comenzando a murmurar y hacer burla de ella. Siguiendo las leyes de la física osciló el péndulo hacia el otro extremo y vino entonces a cobrar un gran aborrecimiento a Arcadio, a sus rendidas miradas cada vez menos de soslayo, a sus mezquinos favores que en nada la favorecían, a sus cómplices y necias sonrisas, a su voz y su silencio, a su omnipresente presencia y su fidelidad perruna.

      Y así, habiendo cierto día recibido la criatura una nota de su enamorado demandando, quién sabe si con un dejo de sorna, pues veníalo ya tan a las claras rehuyendo que algo debiera ir el pobre necio recelando, por su estado de ánimo y salud, y solicitando con fútiles pretextos encontrarse con ella lo más pronto posible para debatir un importante asunto que no admitía demora, se colmó de pronto el vaso y no pudo aguantar más. Y pareciéndole ésta más que evidente  prueba de su descaro y felonía, acudió corriendo, como era su costumbre hasta hacía sólo unos pocos años, lloriqueando a su madre pidiendo consejo, protección y consuelo

 

 

3

      Ésta, brava mujer, a decir de algunas malas lenguas, en exceso bravía, abandonada recientemente por su marido que, enfermo de hartazgo, huyó hacia otros puertos más clementes y serenos, dejando en su despedida heridas, como demostró el tiempo, difíciles de cicatrizar, oyó las quejas vertidas por su mocosa, primero, distraídamente, pues gustaba más bien poco de enjugar lágrimas y vino a parecerle aquellos gimoteos pamplinas de jovenzuela, mas luego, conforme se iba dando cuenta cabal de los hechos y viendo que, al menos en orden a su ascendiente, algún provecho de ellos podría sacarse, fue prestando creciente atención, escuchando con indisimulado placer la historia que le narraban, procurando aparentar en todo momento un digno y contenido enojo.

      Mujer de imperturbable fe, cristiana vieja, católica a ultranza, acostumbrada a hacer malabarismos con su mala conciencia, temerosa de Dios y más aún, muy a su pesar, de su hija, a la que observaba en aquellos últimos tiempos con creciente recelo, pues habiendo establecido nuevas e íntimas relaciones con un fornido varón, con vista a reemplazar tanto como fuera posible la pérdida acaecida, se preguntaba, y no sin razón, si aunque callada, Amaranda no reprocharía en su fuero interno su comportamiento, tachándolo de ligero y falto de decoro, contemplando, en consecuencia, con ojos muy poco benevolentes a su compañero de coyunda; y, lo que es peor, si su reciente compañero no vendría observando últimamente con demasiados buenos ojos a tan gallarda y poco avisada moza. Así, tomó nota mentalmente de lo dicho, hizo ajustado balance y advirtió de inmediato en el pequeño cuento que de modo tan gracioso le venía a regalar su hija, la ocasión de ir de lo general a lo particular, de trascender, como quien dice, bonitamente, de la anécdota a la categoría, o si se prefiere expresión más vulgar, de coger el rábano por las hojas, y poner buen orden dentro y fuera de su casa.

      De este modo, tomando aire para no perder el resuello y quedar en el momento más inoportuno sin habla, ajustar el tono de la voz e hilar bien el discurso, mirando fijamente a los ojos de su hija, para mejor amedrantarla, como es fama que hace la serpiente con su presa, improvisó una hermosa y apocalíptica diatriba sobre los horribles perjuicios que acarreaba la diferencia de edad en las relaciones entre los dos sexos, la inconveniencia de que las jovencitas necias sacaran los pies del plato y tontearan con caballeros metidos en años y, lo más importante, sobre la perversa naturaleza de los hombres que, como sus orejas, crecía incesantemente y sin tregua con la edad.

      Y, satisfecha con tan inesperado golpe de fortuna, se fue, radiante, tatareando una cancioncilla en boga, a la busca de un par de matones de los que tenía excelentes referencias, hallándolos prontamente por donde le dijeron que rondaban. Y tras las presentaciones, los saludos de rigor y un largo y reñido regateo, pues no era mujer de grandes recursos y había de medir sus estipendios, cerraron trato, encargándoles que le propinaran una bonita paliza a Arcadio, si bien, cristiana y piadosamente, puntualizó: “sin interesar órgano vital alguno”, encareciéndoles de que cuidasen muy mucho de avisarle en el momento que consideraran oportuno de la procedencia y el motivo de la agresión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

Elacabose

 

 

Historia  ...