info@elacabose.net • Guillermo López Lacomba 

 

 

                                                                                                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ACABÓSE   

 Publicación periódica

con gacetilla literaria

 

 

 

NUEVO POEMARIO

 

 

 

 

                  

               I     ADVERSA   LUZ  DEL   ALBA

 

 

 

 

 

No nutre que amarillea

la tenue luz del otoño.

 

Los árboles se desnudan,

rinden lanzas las alamedas.

 

Cubre la tierra de hojas

un viento de la Gestapo.

 

 

 

 

 

 

 

Como un ladrón, a tientas,

marchaste, dejando apagadas las luces.

Fábulas de ríos, hacia el sol poniente,

sin hacer ruido, sin dejar señales,

borrando tu rastro mientras caminabas:

ramitas de olivo, hojas de aligustre.

 

 

 

 

 

 

 

Es así que no pude cruzar,

que el agua me detuvo

al lado equivocado de la orilla.

Que ya no hube camino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agotaron su ciclo los astros.

Ya no hay sol. Ya no enveran la vides.

Ya no doran los trigos.

Ya no hay alba, no hay luz.

No hay mano ni umbral que te acojan clementes.

Ya no hay voz que te nombre.

Ya no hay luz para ti. No hay luz para nadie.

 

En vano encendiste esta noche una llama,

has abierto ventanas y postigos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estancado, ¡que no a la deriva!

Mi barco partido en dos.

 

¡Cogido entre dos relentes!

 

¡Las aves despavoridas!

¡Roncos los gallos del alba!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bate la puerta el viento.  


Me alzo del lecho y acudo
a ver quien llama.
Aterido, en el umbral,
busco una seña de vida:
un perro ladrando en el camino,
la huella de un pie marcada sobre el barro.

 

 

 

 

 

 

De las calles cubiertas de azahar
asciende lentamente la fatiga.

 

Dulce olor a furfural,
los frutos manando miel.

 

Bajo mi misma ventana,
a precio de costo venden
en gajos menudos el corazón.

 

El lecho en que me canso
cubierto de manzanas y acerolas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Acabada la odisea, arribo a casa.

 

Lentamente, me despojo

de todos mis ropajes,

apago la luz, palpo

a tientas.

Con dulzura apoyo

la frente en los cristales,

dejo al grifo goteando su tristeza.

Tan cansado vengo.

Tan cansado estoy.

 

 

 

 

 

 

Si alguna vez abrí balcones

al sol, los ojos sin cautela

a ver nacer el alba,

quien dijo luz mintió.

Pasaron años en vela y fui cerrando.

Quien quiso nunca pudo.

Quien pudo nunca vino.

 

 

 

 

 

 

Por inaccesibles cimas,

llagas del amanecer.

De púrpura y añil,

tus glaucos ojos yertos.

Adversa luz del alba…

 

 

 

 

 

 

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